Esta publicidad de té relajante es realmente terrorífica. La frase al final del spot es "Ahogar tus miedos (Drown your fears)".
jueves, 23 de enero de 2014
miércoles, 15 de enero de 2014
El morfón (Juan Carlos Muñiz)
Espero que hayan tenido un buen comienzo de año. El siguiente cuento relata, a la perfección, ese jugador imperdible dentro de una cancha:
El amor por la pelota, en el caso del morfón, se trata de un amor enfermizo. Digno de los antiguos novelones, entre cuyos protagonistas se daba una simbiosis que impedía la existencia del uno sin el otro. Este personaje, infaltable en cualquier picado, sufre (aunque en realidad, goza) de un Edipo incurable. Y ciertamente, en tren de encontrar justificaciones, uno podría admitir que entre un vientre materno y una número cinco bien inflada existen no pocos puntos de contacto. El cuero tirante, terso, semeja una panza entrando al octavo mes. La cámara vendría a ser el útero, mientras que el pico por donde se insufla el aire haría las veces de cordón umbilical. Sólo que, en este caso, el que patea está del lado de afuera. Debe ser por eso que el morfón patea muy rara vez.
Él prefiere transportar el vientre-balón, pisarlo, amasarlo, sobarlo. Una finta sigue a otra y un enganche es sólo preludio del siguiente. No interesa si ha quedado el defensor descolocado y tiene todo el arco a su disposición; el morfón prefiere esperarlo y enganchar para el lado opuesto en un regate impráctico, hasta ser inexorablemente rodeado y despojado de su entrañable instrumento. Pero patear, nunca. Porque en realidad su dicha reside en tener la pelota, no en desprenderse de ella.
No le hablen de ocupar los espacios vacíos o arrastrar las marcas. Eso de "jugar sin pelota" no ha sido inventado para él. Sus compañeros son apenas parte del decorado, o a lo sumo pretexto para el amague simulando una descarga que no se producirá.
El morfón juega más solo que nadie. Ya que si bien se puede considerar que en un picado cada uno edifica su propia gloria, mal que bien un resto de compañerismo y espíritu de equipo anida en casi todos.
Pero no en el morfón, que se pasa por el quinto forro las nociones básicas del juego asociado. O, en todo caso, considera que la sociedad más rendidora es la que él establece con la pelota. Inútil es pedírsela, silbarle, batir palmas o insultarlo. Inútil es picar al vacio, hacer la diagonal u ofrecerse para la descarga, porque él no dará el pase. Es ciego y sordo. Sus ojos, clavados en el piso, siguen hipnotizados con los brincos de la pelota. Está encadenado a ella como un presidiario a su bocha de hierro. Cuando la transporta, va atravesando una lluvia de inútiles reclamos: "¡Tocala!", "¡Tomá y andate!", "¡Pasala!", "¡Tirá el centro!", "¡Largala, morfón", "¡Por qué no te vas a la puta que te parió!"... Sólo muy de vez en cuando y ante una evidencia flagrante de egoísmo o capricho, el ejemplar se digna a ensayar una excusa, generalmente inconsciente, del orden de "no te ví" o "no te la podía dar, me estaban marcando".
Pero, por lo general, el morfón es inmutable; un muro blindado contra el que se estrellan denuestos, alaridos y protestas sin hacer mella. Y aunque comúnmente se trata de gente con buen dominio del balón, ser morfón no depende exclusivamente de ello.
Hay morfones con altísimo porcentaje de gambetas fallidas, pura ceguera y obstinación. Esos son los peores, porque a su falta de técnica le añaden falta de inteligencia. Y esas dos faltas juntas son -paradójicamente- demasiado. En descargo del personaje se podría argumentar que para ser un morfón con todas las de la ley se necesita temple. Es menester una personalidad con la autoestima bien afirmada, para soportar la andanada de insultos y reclamos; pero también una buena cuota de coraje para enfrentar al arquero y gambetearlo una vez más después de haberlo dejado pagando unas cuantas veces.
Elocuente resulta la placa que, en un baldío ya poco frecuentado, anuncia con sencillos caracteres: "Aquí yace el morfón de Néstor Cañito Rivarola. Merecido lo tenía".
Fuente: http://fernandomurano.blogspot.com.ar
El amor por la pelota, en el caso del morfón, se trata de un amor enfermizo. Digno de los antiguos novelones, entre cuyos protagonistas se daba una simbiosis que impedía la existencia del uno sin el otro. Este personaje, infaltable en cualquier picado, sufre (aunque en realidad, goza) de un Edipo incurable. Y ciertamente, en tren de encontrar justificaciones, uno podría admitir que entre un vientre materno y una número cinco bien inflada existen no pocos puntos de contacto. El cuero tirante, terso, semeja una panza entrando al octavo mes. La cámara vendría a ser el útero, mientras que el pico por donde se insufla el aire haría las veces de cordón umbilical. Sólo que, en este caso, el que patea está del lado de afuera. Debe ser por eso que el morfón patea muy rara vez.
Él prefiere transportar el vientre-balón, pisarlo, amasarlo, sobarlo. Una finta sigue a otra y un enganche es sólo preludio del siguiente. No interesa si ha quedado el defensor descolocado y tiene todo el arco a su disposición; el morfón prefiere esperarlo y enganchar para el lado opuesto en un regate impráctico, hasta ser inexorablemente rodeado y despojado de su entrañable instrumento. Pero patear, nunca. Porque en realidad su dicha reside en tener la pelota, no en desprenderse de ella.
No le hablen de ocupar los espacios vacíos o arrastrar las marcas. Eso de "jugar sin pelota" no ha sido inventado para él. Sus compañeros son apenas parte del decorado, o a lo sumo pretexto para el amague simulando una descarga que no se producirá.
El morfón juega más solo que nadie. Ya que si bien se puede considerar que en un picado cada uno edifica su propia gloria, mal que bien un resto de compañerismo y espíritu de equipo anida en casi todos.
Pero no en el morfón, que se pasa por el quinto forro las nociones básicas del juego asociado. O, en todo caso, considera que la sociedad más rendidora es la que él establece con la pelota. Inútil es pedírsela, silbarle, batir palmas o insultarlo. Inútil es picar al vacio, hacer la diagonal u ofrecerse para la descarga, porque él no dará el pase. Es ciego y sordo. Sus ojos, clavados en el piso, siguen hipnotizados con los brincos de la pelota. Está encadenado a ella como un presidiario a su bocha de hierro. Cuando la transporta, va atravesando una lluvia de inútiles reclamos: "¡Tocala!", "¡Tomá y andate!", "¡Pasala!", "¡Tirá el centro!", "¡Largala, morfón", "¡Por qué no te vas a la puta que te parió!"... Sólo muy de vez en cuando y ante una evidencia flagrante de egoísmo o capricho, el ejemplar se digna a ensayar una excusa, generalmente inconsciente, del orden de "no te ví" o "no te la podía dar, me estaban marcando".
Pero, por lo general, el morfón es inmutable; un muro blindado contra el que se estrellan denuestos, alaridos y protestas sin hacer mella. Y aunque comúnmente se trata de gente con buen dominio del balón, ser morfón no depende exclusivamente de ello.
Hay morfones con altísimo porcentaje de gambetas fallidas, pura ceguera y obstinación. Esos son los peores, porque a su falta de técnica le añaden falta de inteligencia. Y esas dos faltas juntas son -paradójicamente- demasiado. En descargo del personaje se podría argumentar que para ser un morfón con todas las de la ley se necesita temple. Es menester una personalidad con la autoestima bien afirmada, para soportar la andanada de insultos y reclamos; pero también una buena cuota de coraje para enfrentar al arquero y gambetearlo una vez más después de haberlo dejado pagando unas cuantas veces.
Elocuente resulta la placa que, en un baldío ya poco frecuentado, anuncia con sencillos caracteres: "Aquí yace el morfón de Néstor Cañito Rivarola. Merecido lo tenía".
Fuente: http://fernandomurano.blogspot.com.ar
lunes, 16 de diciembre de 2013
jueves, 26 de septiembre de 2013
FC Start: El equipo que prefirió morir antes que perder
Si has visto la película de 1981 Fuga a la victoria (en España titulada como Evasión o victoria) es posible que la historia que te voy a contar hoy te suene de algo. La cinta trata de un grupo de prisioneros de guerra de los nazis que aceptan jugar un partido de exhibición para la propaganda alemana. Aunque, en principio, los reclusos aceptan para escaparse en el descanso, juegan el encuentro, empatan 4-4 y luego cumplen su cometido en una invasión del terreno de juego. Está protagonizada por Michael Caine y Sylvester Stallone, además de participar jugadores profesionales como Pelé, Osvaldo Ardiles, John Wark, entre otros. El partido de fútbol del que me refiero ha sido uno de los más dramáticos de toda la historia de este deporte y llevó a un valiente equipo de fútbol de humildes panaderos ucranianos a enfrentarse en la cancha al invencible III Reich. Una decisión que los llevó a la muerte.
Kiev, Unión Soviética. Principios de verano de 1941. Hitler está lanzado en su ofensiva suicida contra el Ejército Rojo y ha ocupado Ucrania. La capital está totalmente controlada por los alemanes. Muchos ciudadanos han muerto o desaparecido por los ataques. Entre ellos, los jugadores del Dynamo de Kiev, uno de los punteros de la recién nacida URSS. Iosif Kordik es un panadero de la ciudad que puede mantener su negocio por ser de etnia alemana. Además, es un gran hincha del Dynamo. Un día, paseando por su arruinada ciudad, se encuentra a un angustiado Nikolai Trusevich, el arquero titular de su amado equipo. Al poco tiempo, Trusevich y Kordik deciden buscar en la caótica Kiev a resto de los jugadores del Dynamo. Poco a poco, los van encontrando, incluidos tres del otro equipo de la ciudad, el Lokomotiv, y Kordik los emplea en su panadería.
Una vez juntos, deciden volver a jugar. Como el Dynamo, por ser un equipo controlado por el estado, había sido prohibido por los nazis, fundan uno nuevo que llaman FC Start (palabra que, curiosamente significa comienzo, principio). Gracias a algunos contactos, el Start consigue que se organicen algunos partidos con escuadrones de soldados alemanes.
El Start jugó contra tropas húngaras, rumanas y alemanas, con los siguientes resultados en los seis primeros partidos (21 de Junio: FC Start 6-2 Guarnición húngara; 5 de Julio: FC Start 11-0 Guarnición rumana; 12 de Julio: FC Start 9-1 Equipo trabajadores del ferrocarril militar; 17 de Julio: FC Start 6-0 PGS (Alemania); 19 de Julio: FC Start 5-1 MSG. Wal (Hungría) y 21 de Julio: FC Start 3-2 MSG. Wal (Hungría) Los alemanes empezaron a molestarse, no sólo porque el Start ponía en duda la teoría nazi de la superioridad aria sobre la eslava, sino porque los victorias del equipo soviético estaban dando demasiada moral a la población ocupada. Así que decidieron mandar a Kiev al Flakelf, un equipo formado por oficiales de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Nazi), de más nivel. Pero pasó lo inevitable. El Start ganó 5 a 1.
Jugadores del FC Start: Nikolai Trusevich (Dynamo); Vladimir Balakin (Lokomotiv) ; Ivan Kuzmenko (Dynamo); Pavel Komarov; Alexei Klimenko (Dynamo); Nikolai Korotkykh (Dynamo); Vasily Sukharev (Lokomotiv); Feodor Tyutchev; Makar Goncharenko (Dynamo); Mikhail Putisin (Dynamo); Milkhail Mielnizhuk (Lokomotiv); Georgy Timofeyev y Mikhail Svyridovskiy
Jugadores del Flakelf: Harer; Danz; Schneider; Biskur; Scharf, Kaplan; Breuer, Arnold, Jannasch, Wunderlich y Hofmann
En Berlín sonaron las alarmas y dieron la orden de matarlos a todos. Pero algún nazi lo pensó mejor y creyó que si hacían eso, la última imagen de los héroes del Start sería una victoria y su ejemplo sería utilizado en el futuro. Había que derrotarlos primero en el campo. Así, se organizó una revancha, fijada para el 9 de Agosto de 1941.
El partido de la muerte
El clima ante el partido era muy tenso. Las autoridades nazis habían decidido que el árbitro sería un oficial de la SS (organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad nazi) que hablara ruso, que antes del encuentro se dirigió a los jugadores del Start y les advirtió que al comenzar el juego debían de hacer el saludo nazi, con el brazo en alto. Los jugadores ingresan a la cancha, el Start con camiseta roja y el Flakelf de blanco. En lugar de alzar el brazo, los futbolistas soviéticos se pusieron la mano en el pecho. Como en los partidos anteriores, el Start fue muy superior. Llegado el entretiempo, vencían 2-1, a pesar del juego duro de los alemanes, que repartieron patadas de manera impune durante los 45 minutos. Viendo que perdían, los alemanes decidieron poner las cosas claras. En el vestuario irrumpieron varios miembros del éjercito nazi, armados, que directamente les dijeron que si ganaban, morirían todos.
Aunque se les pasó por la cabeza no salir a la cancha (el miedo es irracional), se miraron a las caras y salieron, como unos valientes...dispuestos a ganar. La aplanadora soviética se puso en marcha y al final del partido iban ganando ya 5-3. Cuando el encuentro agonizaba, uno de los jugadores del Start, Alexei Klimenko, tomó la pelota, llegó hasta la línea defensiva alemana, gambeteó a quien le saliera, incluido al arquero.. y cuando estaba solo ante el arco, se dio vuelta y pateó hacia el centro del campo, un gesto de burla y de superioridad total. El árbitro se apresuró a terminar antes de que se cumplieran los 90 minutos.
El pueblo de Kiev estaba loco de contento, pero los nazis estaban dispuestos a cumplir su venganza. Dejaron que el Start jugara un partido más (que por cierto ganaron 8-0) y después, detuvieron a todos los miembros, acusándolos de ser parte de la NKVD, los servicios secretos soviéticos. Algunos de los jugadores murieron torturados poco después. Otros lo hicieron más adelante, en campos de concentración. Sólo sobrevivieron Feodor Tyutchev, Mikhail Svyridovskiy y Makar Goncharenko, que no estaban con el resto de sus compañeros a la hora de la detención. Gracias a ellos, la historia del FC Start se pudo conocer.
Tras ello, varios libros y películas tomaron la historia. En 1981, se levantó junto al estadio del Dynamo una escultura de homenaje a los héroes del Start. Además se comenta que quien conserve una entrada del partido del 9 de Agosto de 1941, tendrá un asiento de por vida para ver al Dynamo de Kiev.
Fuentes:
http://blogs.20minutos.es
www.spanishprisoner.net
Una vez juntos, deciden volver a jugar. Como el Dynamo, por ser un equipo controlado por el estado, había sido prohibido por los nazis, fundan uno nuevo que llaman FC Start (palabra que, curiosamente significa comienzo, principio). Gracias a algunos contactos, el Start consigue que se organicen algunos partidos con escuadrones de soldados alemanes.
El Start jugó contra tropas húngaras, rumanas y alemanas, con los siguientes resultados en los seis primeros partidos (21 de Junio: FC Start 6-2 Guarnición húngara; 5 de Julio: FC Start 11-0 Guarnición rumana; 12 de Julio: FC Start 9-1 Equipo trabajadores del ferrocarril militar; 17 de Julio: FC Start 6-0 PGS (Alemania); 19 de Julio: FC Start 5-1 MSG. Wal (Hungría) y 21 de Julio: FC Start 3-2 MSG. Wal (Hungría) Los alemanes empezaron a molestarse, no sólo porque el Start ponía en duda la teoría nazi de la superioridad aria sobre la eslava, sino porque los victorias del equipo soviético estaban dando demasiada moral a la población ocupada. Así que decidieron mandar a Kiev al Flakelf, un equipo formado por oficiales de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Nazi), de más nivel. Pero pasó lo inevitable. El Start ganó 5 a 1.
Jugadores del FC Start: Nikolai Trusevich (Dynamo); Vladimir Balakin (Lokomotiv) ; Ivan Kuzmenko (Dynamo); Pavel Komarov; Alexei Klimenko (Dynamo); Nikolai Korotkykh (Dynamo); Vasily Sukharev (Lokomotiv); Feodor Tyutchev; Makar Goncharenko (Dynamo); Mikhail Putisin (Dynamo); Milkhail Mielnizhuk (Lokomotiv); Georgy Timofeyev y Mikhail Svyridovskiy
Jugadores del Flakelf: Harer; Danz; Schneider; Biskur; Scharf, Kaplan; Breuer, Arnold, Jannasch, Wunderlich y Hofmann
En Berlín sonaron las alarmas y dieron la orden de matarlos a todos. Pero algún nazi lo pensó mejor y creyó que si hacían eso, la última imagen de los héroes del Start sería una victoria y su ejemplo sería utilizado en el futuro. Había que derrotarlos primero en el campo. Así, se organizó una revancha, fijada para el 9 de Agosto de 1941.
El partido de la muerte
El clima ante el partido era muy tenso. Las autoridades nazis habían decidido que el árbitro sería un oficial de la SS (organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad nazi) que hablara ruso, que antes del encuentro se dirigió a los jugadores del Start y les advirtió que al comenzar el juego debían de hacer el saludo nazi, con el brazo en alto. Los jugadores ingresan a la cancha, el Start con camiseta roja y el Flakelf de blanco. En lugar de alzar el brazo, los futbolistas soviéticos se pusieron la mano en el pecho. Como en los partidos anteriores, el Start fue muy superior. Llegado el entretiempo, vencían 2-1, a pesar del juego duro de los alemanes, que repartieron patadas de manera impune durante los 45 minutos. Viendo que perdían, los alemanes decidieron poner las cosas claras. En el vestuario irrumpieron varios miembros del éjercito nazi, armados, que directamente les dijeron que si ganaban, morirían todos.
Aunque se les pasó por la cabeza no salir a la cancha (el miedo es irracional), se miraron a las caras y salieron, como unos valientes...dispuestos a ganar. La aplanadora soviética se puso en marcha y al final del partido iban ganando ya 5-3. Cuando el encuentro agonizaba, uno de los jugadores del Start, Alexei Klimenko, tomó la pelota, llegó hasta la línea defensiva alemana, gambeteó a quien le saliera, incluido al arquero.. y cuando estaba solo ante el arco, se dio vuelta y pateó hacia el centro del campo, un gesto de burla y de superioridad total. El árbitro se apresuró a terminar antes de que se cumplieran los 90 minutos.
El pueblo de Kiev estaba loco de contento, pero los nazis estaban dispuestos a cumplir su venganza. Dejaron que el Start jugara un partido más (que por cierto ganaron 8-0) y después, detuvieron a todos los miembros, acusándolos de ser parte de la NKVD, los servicios secretos soviéticos. Algunos de los jugadores murieron torturados poco después. Otros lo hicieron más adelante, en campos de concentración. Sólo sobrevivieron Feodor Tyutchev, Mikhail Svyridovskiy y Makar Goncharenko, que no estaban con el resto de sus compañeros a la hora de la detención. Gracias a ellos, la historia del FC Start se pudo conocer.
Tras ello, varios libros y películas tomaron la historia. En 1981, se levantó junto al estadio del Dynamo una escultura de homenaje a los héroes del Start. Además se comenta que quien conserve una entrada del partido del 9 de Agosto de 1941, tendrá un asiento de por vida para ver al Dynamo de Kiev.
Fuentes:
http://blogs.20minutos.es
www.spanishprisoner.net
jueves, 25 de julio de 2013
Arquitectura oculta
Me pareció una genialidad el proyecto iniciado por el Museo de Arquitectura Schusev de Moscú, que como parte de una campaña publicitaria puso a un equipo creativo a diseñar arquitectura oculta bajo algunos monumentos famosos de Rusia.
Catedral de San Basilio
Teatro Bolshoi
Edificio principal de la Universidad Estatal de Moscú
Fuente: www.pixfans.com
domingo, 5 de mayo de 2013
Me van a tener que disculpar (Eduardo Sacheri)
Este relato está incluido en el libro "Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol" (en España se llamó "Los traidores y otros cuentos"), editado en el año 2000.
Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de "y, no sé, habría que pensarlo"; o tal vez arriesgo un "vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta". Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio "te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros".
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco.Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.
Fuente: www.cronicasdeportivas.com.ar
Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de "y, no sé, habría que pensarlo"
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio "te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros".
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco.Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.
Fuente: www.cronicasdeportivas.com.ar
viernes, 16 de noviembre de 2012
Información y comercial del videojuego Smash Court Tennis Pro Tournament 2 (Playstation 2)
Es un videojuego desarrollado y distribuido por Namco disponible únicamente para Playstation 2.
El juego tiene, entre otros, el modo Exhibición, Práctica, Challenge y Arcade. El modo más destacado es el modo carrera, que tiene una profundidad que hace a la carrera igual que a la vida real de un tenista. En ella se crea un jugador que empieza en el puesto 250 del ránking y debe llegar a lo más alto.
Jugadores
Hombres
Andy Roddick (Nebraska, EEUU; 30 de Agosto de 1982)- Servicio Poderoso
Juan Carlos Ferrero (Valencia, España; 12 de Febrero de 1980)- Derecha Poderosa
Tim Henman (Oxford, Inglaterra; 6 de Septiembre de 1974)- Servicio y Volea
Lleyton Hewitt (Adelaida, Australia; 24 de Febrero de 1981)- Jugador de fondo
James Blake (Nueva York, EEUU; 28 de Diciembre de 1979)- Golpes Poderosos
Marat Safin (Moscú, Rusia; 27 de Enero de 1980)- Golpes Poderosos
Tommy Haas (Hamburgo, Alemania; 3 de Abril de 1978)- Completo
Richard Gasquet (Béziers, Francia; 18 de Junio de 1986)- Completo
Mujeres
Justine Henin (Lieja, Bélgica; 1 de Junio de 1982)- Revés Poderoso
Lindsay Davenport (California, EEUU; 8 de Junio de 1976)- Golpes Rápidos
Kim Clijsters (Bilzen, Bélgica; 8 de Junio de 1983)- Jugadora de fondo
Anna Kournikova (Moscú, Unión Soviética (URSS); 7 de Junio de 1981)- Jugadora de toda la cancha
Serena Williams (Míchigan, EEUU; 26 de Septiembre de 1981)- Jugadora Poderosa
Amélie Mauresmo (Saint-Germain-en-Laye, Francia; 5 de Julio de 1979)- Golpes Poderosos
Jennifer Capriati (Nueva York, EEUU; 29 de Marzo de 1976)- Jugadora de fondo
Daniela Hantuchová (Poprad, Checoslovaquia; 23 de Abril de 1983)- Completa
El juego tiene 4 jugadores desbloqueables, que son personajes famosos de juegos de Namco
Cassandra Alexandra (Videojuego: Soul Calibur II)- Servicio y Volea
Ling Xiaoyu (Videojuego: Tekken)- Jugadora de fondo
Heihachi Mishima (Videojuego: Tekken)- Jugador Poderoso
Raphael Sorel (Videojuego: Soul Calibur II)- Golpes Rápidos
Comercial
Fuentes
Texto: http://es.wikipedia.org/Smash_Court_Tennis_Pro_Tournament_2
Fotos: Tenistas (http://es.wikipedia.org/); Cassandra Alexandra (http://blogs.gamefilia.com/tai-kamiya/05-10-2008/13982/feminas-de-videojuego-cassandra-alexandra); Ling Xiaoyu (http://eng.tekkenpedia.com/wiki/Ling_Xiaoyu); Heihachi Mishima (http://tekken.wikia.com/wiki/Heihachi_Mishima) y Raphael Sorel (www.giantbomb.com/raphael-sorel/94-2700/)
El juego tiene, entre otros, el modo Exhibición, Práctica, Challenge y Arcade. El modo más destacado es el modo carrera, que tiene una profundidad que hace a la carrera igual que a la vida real de un tenista. En ella se crea un jugador que empieza en el puesto 250 del ránking y debe llegar a lo más alto.
Jugadores
Hombres
Andy Roddick (Nebraska, EEUU; 30 de Agosto de 1982)- Servicio Poderoso
Juan Carlos Ferrero (Valencia, España; 12 de Febrero de 1980)- Derecha Poderosa
Tim Henman (Oxford, Inglaterra; 6 de Septiembre de 1974)- Servicio y Volea
Lleyton Hewitt (Adelaida, Australia; 24 de Febrero de 1981)- Jugador de fondo
James Blake (Nueva York, EEUU; 28 de Diciembre de 1979)- Golpes Poderosos
Marat Safin (Moscú, Rusia; 27 de Enero de 1980)- Golpes Poderosos
Tommy Haas (Hamburgo, Alemania; 3 de Abril de 1978)- Completo
Richard Gasquet (Béziers, Francia; 18 de Junio de 1986)- Completo
Mujeres
Justine Henin (Lieja, Bélgica; 1 de Junio de 1982)- Revés Poderoso
Lindsay Davenport (California, EEUU; 8 de Junio de 1976)- Golpes Rápidos
Kim Clijsters (Bilzen, Bélgica; 8 de Junio de 1983)- Jugadora de fondo
Anna Kournikova (Moscú, Unión Soviética (URSS); 7 de Junio de 1981)- Jugadora de toda la cancha
Serena Williams (Míchigan, EEUU; 26 de Septiembre de 1981)- Jugadora Poderosa
Amélie Mauresmo (Saint-Germain-en-Laye, Francia; 5 de Julio de 1979)- Golpes Poderosos
Jennifer Capriati (Nueva York, EEUU; 29 de Marzo de 1976)- Jugadora de fondo
Daniela Hantuchová (Poprad, Checoslovaquia; 23 de Abril de 1983)- Completa
El juego tiene 4 jugadores desbloqueables, que son personajes famosos de juegos de Namco
Cassandra Alexandra (Videojuego: Soul Calibur II)- Servicio y Volea
Ling Xiaoyu (Videojuego: Tekken)- Jugadora de fondo
Heihachi Mishima (Videojuego: Tekken)- Jugador Poderoso
Raphael Sorel (Videojuego: Soul Calibur II)- Golpes Rápidos
Comercial
Fuentes
Texto: http://es.wikipedia.org/Smash_Court_Tennis_Pro_Tournament_2
Fotos: Tenistas (http://es.wikipedia.org/); Cassandra Alexandra (http://blogs.gamefilia.com/tai-kamiya/05-10-2008/13982/feminas-de-videojuego-cassandra-alexandra); Ling Xiaoyu (http://eng.tekkenpedia.com/wiki/Ling_Xiaoyu); Heihachi Mishima (http://tekken.wikia.com/wiki/Heihachi_Mishima) y Raphael Sorel (www.giantbomb.com/raphael-sorel/94-2700/)
miércoles, 12 de septiembre de 2012
El sueño del pibe (Alejandro Dolina)
En medio de toda la fiebre del mundial, de los sponsors y los grandes contratos, las superestrellas y los fanáticos, las brillantes publicidades y las inútiles opiniones de miles de "expertos". Creo que se hace propicio ver a éste deporte desde otra perspectiva. El fútbol es además una gran fuente de otro tipo de historias, como, por ejemplo, la de Andy Barron, ese jugador neocelandés que llegó a disputar un mundial siendo empleado bancario, o las otras historias, aquellas de los olvidados, los desconocidos, de los que sueñan con un futuro en sus pies o con ver sus nombres en periódicos. Historias como esta...
Francisco fue siempre crack. Manejaba la pelota como nadie, era rápido y remataba con las dos piernas. Los vecinos de la calle Granaderos se asomaban para verlo hacer maravillas en el empedrado. Jugó en muchos equipos infantiles y después en algunos cuadros de barrio bastante fuertes.
Su sueño era jugar en primera. Conocer la fama, bañarse en ovaciones. También codiciaba la fortuna: casas, autos, dinero, seguridad para su familia.
Una tarde, cierto dirigente de un club grande lo vio en un picado.
Realizó algunos entrenamientos con los profesionales y anduvo bastante bien. Al final lo probaron en un amistoso de verano contra el Ferencvaros de Hungría.
La cancha estaba llena. Faltaba un minuto e iban cero a cero. Tomó la pelota, sereno en su acción. Eludió a dos hombres y enfrentó al arquero. Pensó en el futuro, en el contrato, en su nombre repetido por las muchedumbres, en los viajes, en la gloria.
Le salió un tiro miserable, mordido, pifiado y la pelota pasó a tres metros del arco.
Jugó un par de encuentros en reserva y después se consiguió un trabajo bastante bueno en el ferrocarril.
Alejandro Dolina
Alejandro Ricardo Dolina (Baigorrita, Provincia de Buenos Aires, 20 de mayo de 1945) es un escritor, músico y conductor de radio y televisión argentino. Realizó estudios de Derecho, Música, Letras e Historia. Dolina ha sido siempre reconocido por su vasto conocimiento de tango clásico, y es él mismo pianista, cantante y compositor. Pese a que nunca ha grabado como solista, en 1998 produjo y cantó para su Opereta titulada "Lo que me costó el amor de Laura", en compañía de Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Ernesto Sábato, Les Luthiers, Horacio Ferrer, Sandro, La Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina y otros artistas. Su programa de radio es líder en su franja horaria desde el primer año de emisiones y sus escritos recopilados y editados forman parte de los libros "Crónicas del Ángel Gris", "El Libro del Fantasma" y "El Bar del Infierno" que son tres de los libros de mayor venta en Argentina.
Fuente: www.danteandres.com.ar
Francisco fue siempre crack. Manejaba la pelota como nadie, era rápido y remataba con las dos piernas. Los vecinos de la calle Granaderos se asomaban para verlo hacer maravillas en el empedrado. Jugó en muchos equipos infantiles y después en algunos cuadros de barrio bastante fuertes.
Su sueño era jugar en primera. Conocer la fama, bañarse en ovaciones. También codiciaba la fortuna: casas, autos, dinero, seguridad para su familia.
Una tarde, cierto dirigente de un club grande lo vio en un picado.
Realizó algunos entrenamientos con los profesionales y anduvo bastante bien. Al final lo probaron en un amistoso de verano contra el Ferencvaros de Hungría.
La cancha estaba llena. Faltaba un minuto e iban cero a cero. Tomó la pelota, sereno en su acción. Eludió a dos hombres y enfrentó al arquero. Pensó en el futuro, en el contrato, en su nombre repetido por las muchedumbres, en los viajes, en la gloria.
Le salió un tiro miserable, mordido, pifiado y la pelota pasó a tres metros del arco.
Jugó un par de encuentros en reserva y después se consiguió un trabajo bastante bueno en el ferrocarril.
Alejandro Dolina
Alejandro Ricardo Dolina (Baigorrita, Provincia de Buenos Aires, 20 de mayo de 1945) es un escritor, músico y conductor de radio y televisión argentino. Realizó estudios de Derecho, Música, Letras e Historia. Dolina ha sido siempre reconocido por su vasto conocimiento de tango clásico, y es él mismo pianista, cantante y compositor. Pese a que nunca ha grabado como solista, en 1998 produjo y cantó para su Opereta titulada "Lo que me costó el amor de Laura", en compañía de Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Ernesto Sábato, Les Luthiers, Horacio Ferrer, Sandro, La Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina y otros artistas. Su programa de radio es líder en su franja horaria desde el primer año de emisiones y sus escritos recopilados y editados forman parte de los libros "Crónicas del Ángel Gris", "El Libro del Fantasma" y "El Bar del Infierno" que son tres de los libros de mayor venta en Argentina.
Fuente: www.danteandres.com.ar
viernes, 17 de agosto de 2012
Héroes trágicos (Enric González)
Este artículo fue escrito el día 2 de Junio del 2012 en el diario El País (España).
¿De qué hablamos cuando hablamos de fútbol? Podemos hablar del juego, evidentemente. De tal finta (gambeta), o tal combinación, o tal posición irregular. Pero eso no da para mucho. Lo habitual es hablar de lo que envuelve el fútbol y le da significado. Es lo que ocurre con la literatura futbolística, que tiende a prescindir de lo obvio, es decir, del balón, y prefiere explorar la pasión de quienes lo manejan y de quienes extraen de él su felicidad o su miseria. Si el futbolista es el gran héroe contemporáneo, cosa que se puede lamentar pero resulta difícil discutir, para el trabajo literario hay pocos materiales más atractivos que los que ofrece el héroe trágico del fútbol.
Cuando se escribe sobre fútbol se escribe sobre personas. Sobre los héroes de la cancha, mimados y zarandeados, adorados y vilipendiados (despreciados), sometidos a presiones tan brutales como absurdas, y sobre la masa anónima de la grada, que vuelca en el deporte pulsiones complejísimas: desde la voluntad de pertenencia a la sublimación de la propia existencia a través de héroes en calzón corto. Se puede hacer buena literatura con una jugada o un gol, y la hacen semanalmente los mejores cronistas deportivos, pero se trata de argumentos con poco recorrido. Incluso los cronistas deportivos recurren a la personalización: la tentación es irresistible.
La dificultad de conjugar juego y literatura tiene un perfecto ejemplo en el cuento "19 de diciembre de 1971", de Roberto Fontanarrosa, una de las cumbres de la literatura futbolística. El cuento se refiere a una semifinal que en tal fecha disputaron en Buenos Aires Central y Newell´s, los dos equipos de Rosario (Argentina), y que por diversos motivos tuvo un enorme impacto. En el partido hubo un solo gol, de trascendencia histórica para miles de rosarinos. Pero el Negro Fontanarrosa prefirió olvidar ese lance y fabular de forma periférica sobre la peripecia de unos hinchas canallas, como se apoda a los de Central, y de la tragedia (o éxtasis definitivo) de un viejo apasionado canalla con problemas cardiacos.
El gol, en cambio, tuvo su propio recorrido cultural por vías protoliterarias. Como en las representaciones litúrgicas (culto) del teatro medieval, cada 19 de diciembre los canallas escenifican en diversas ciudades del mundo "la palomita de Poy", el gol que decidió el partido. A veces ha sido el propio Poy quien ha realizado el testarazo (cabezazo) estelar en la función. Si no está Poy, vale cualquiera. Igual que la consagración en el Medievo, el gol adquiere la categoría de inefable: es lo que es y se puede evocar, pero no reconstruir con palabras, porque mengua.
Entre los muchos héroes trágicos que el fútbol ha prestado a la literatura, y en medida menos relevante a otras artes, el más destacado es sin duda Abdón Porte. Sobre él escribió Horacio Quiroga el cuento "Juan Polti". Eduardo Galeano relató su historia en "Muerte en la cancha", uno de los capítulos de su clásico El fútbol a sol y sombra. La pieza más reciente, hasta donde sabe el cronista, es Abdón en polvo convertido, de Manuel Jabois. No será la última.
Abdón Porte, uruguayo de Libertad, fue mediocentro y capitán del Nacional de Montevideo hasta 1917. Al concluir la temporada de ese año, los directivos del club le comunicaron que habían fichado a Alfredo Zibechi para sustituirle y que preferían que se quedara en el banquillo como suplente, con la idea de que poco a poco pasara a desempeñar una función que apenas existía por entonces, la de entrenador. Porte recibió la noticia tras el partido de la última jornada, frente al Charley. No hizo comentarios. Fue con sus compañeros a celebrar la victoria, 3-1, y hacia medianoche regresó al Parque Central, el estadio de Nacional. No se sabe cuántos años tenía Abdón esa noche porque se ignora su fecha de nacimiento. Debía tener menos de 30. Abdón caminó sobre la hierba hasta el círculo central, empuñó una pistola y se disparó al corazón.
Abdón no se mató por quedarse sin fútbol. Podía haber jugado en otro club. Abdón se mató porque no soportaba la idea de no vestir nunca más la camiseta de Nacional, su gran amor. Sobre su cadáver se halló una nota en verso dedicada a Nacional: "Aunque en polvo convertido, y en polvo siempre amante, no olvidaré un instante lo mucho que te he querido".
Los otros grandes personajes trágicos del fútbol han tenido un final más lento y encarnan al héroe que, privado (quitar) del balón, del aliento de las gradas y de la condición semidivina que caracteriza al jugador en activo, muere de pena y de tedio (aburrimiento). Ese fue el caso de Manuel Francisco dos Santos, Garrincha (1933-1983), un mestizo con los pies girados, una pierna más larga que otra y la columna vertebral torcida. Según el psicólogo de la selección brasileña, Garrincha era "un débil mental incapaz de comprender el fútbol". Ciertamente, el mejor extremo derecho de todos los tiempos nunca llegó a captar los mecanismos de puntuación en la liga ni entendió que tras una final no se disputara encuentro de vuelta. Solo sabía jugar. Después de retirarse, Garrincha, fumador y alcohólico desde los 10 años, se dejó morir. Duró hasta los 50.
Similares, aunque no tan desoladores, fueron los casos de George Best (Foto Nº2), el mágico extremo norirlandés del Manchester United en los sesenta, fallecido en 2005 poco después de un transplante de hígado, o de Paul Gascoigne (Foto Nº3), el futbolista inglés más exquisito de los noventa, que sobrevive aún, a los 46 años, pese a úlceras, trastornos cardiacos y hepáticos, problemas psicológicos, peleas y algún intento de suicidio.
La de Adriano Leite Ribeiro (Río de Janeiro, 1982) es una historia distinta. Adriano no esperó a retirarse para hundirse. Era la estrella del Inter de Milán, un gigante capaz de hacer diabluras con el balón, cuando a los 25 años murió su padre. Él debió morir también un poco, porque desde ese momento solo pensó en volver a Brasil. No para jugar, sino para encerrarse en su favela natal con sus amigos de infancia, convertidos en distribuidores de droga, y anestesiarse con cerveza y cocaína. Es lo que viene haciendo últimamente, con algunas pausas en las que ficha (es contratado) por un equipo y trata, sin éxito, de recuperar el fútbol.
¿Qué decir de René Houseman? El mejor extremo derecho del fútbol argentino llegó a jugar ebrio, con Huracán, un partido contra River Plate. Apareció tambaleándose por el vestuario poco antes de iniciarse el encuentro, pero aun así lo alinearon (lo colocaron entre los titulares). Él mismo contó, años más tarde, lo que ocurrió sobre el césped a cuatro minutos del final y con empate a cero: "Parece que fui a buscar una pelota, procedente de un pase de Russo. Avanzando de derecha a izquierda en diagonal eludí a uno, la tiré larga entre los dos defensores centrales y cuando desde el arco me salió Fillol en el mano a mano amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Dicen que me quedé tirado en el suelo, riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui a dormir a mi casa. Comentan que la gente, ignorando mi estado, me despidió con el cántico tradicional: "Y chupe, y chupe, y chupe, no deje de chupar, el Loco es lo más grande del fútbol nacional".
Houseman vagabundea ahora por su barrio, flaco, pobre y simpático, en lucha permanente contra el alcohol.
Brian Clough nunca marcó un gol borracho porque sus demonios interiores y su alcoholismo despertaron cuando se retiró como futbolista y empezó a entrenar. El drama personal de Clough está contado en dos libros, "Provided you don´t kiss me" (Con tal de que no me beses), de Duncan Hamilton, y "The Damned United", de David Peace, trasladado al cine en 2009. Socialista, donante de fondos a los mineros en huelga, presidente de la Liga Antinazi, entrañable o insufrible según los momentos, Brian Clough es considerado uno de los mejores técnicos de la historia del fútbol inglés. Tuvo éxito desde que dio los primeros pasos como entrenador, pero pese a ello no soportó la presión. Mantenía una lucha permanente contra el mundo. Durante la temporada 1992-1993, la última con el Nottingham Forest, al que había hecho ganar todos los títulos posibles, ofreció un espectáculo deprimente. Tenía el rostro hinchado, la nariz bulbosa, los ojos vidriosos. Hablaba con dificultad. Sufría una borrachera inacabable. El Forest bajó y Clough fue despedido. En 2003 se sometió a un trasplante de hígado. Murió al año siguiente, de un cáncer de estómago.
A veces no es la presión del propio fútbol la que provoca tragedias, sino presiones peores. Como las que sufrió Matthias Sindelar, el mejor jugador nacido en Austria. Sindelar, apodado Mozart por su talento y de origen judío, no aceptó la anexión de su país al Reich alemán en 1938 ni soportó el régimen nazi. El 3 de abril de ese año se disputó un amistoso entre las selecciones de Alemania y Austria antes de que ambas se fundieran en una sola, y Sindelar, que se negó a saludar brazo en alto, humilló a sus adversarios: primero, rematando (pateando) intencionadamente fuera los balones que le llegaban; luego, driblando (gambeteando) una y otra vez y llevando a su equipo a la victoria. No se lo perdonaron. Tuvo que abandonar el fútbol y fue sometido a continuas investigaciones policiales. Un año después, su cadáver y el de su novia fueron encontrados en la casa vienesa que compartían. Oficialmente, murió por un escape de gas. Pero siempre se ha especulado con un suicidio, o incluso con la hipótesis de un asesinato cometido por la Gestapo.
Luego, caso aparte, está lo de Diego Armando Maradona, una comedia trágica, o una tragedia humorística, que constituye en sí misma un género literario. Jorge Valdano suele decir que Maradona es objeto en Argentina de la misma veneración que mitos como Evita Perón, Carlos Gardel o Ernesto Che Guevara, con la diferencia de que él sigue vivo. Maradona ha resistido años de adicción a la cocaína y ha llegado a estar al borde de la muerte, pero, como en la cancha, ha tenido algo que no han tenido otros. Y ha logrado escapar.
Fuente: http://descontexto.blogspot.com
¿De qué hablamos cuando hablamos de fútbol? Podemos hablar del juego, evidentemente. De tal finta (gambeta), o tal combinación, o tal posición irregular. Pero eso no da para mucho. Lo habitual es hablar de lo que envuelve el fútbol y le da significado. Es lo que ocurre con la literatura futbolística, que tiende a prescindir de lo obvio, es decir, del balón, y prefiere explorar la pasión de quienes lo manejan y de quienes extraen de él su felicidad o su miseria. Si el futbolista es el gran héroe contemporáneo, cosa que se puede lamentar pero resulta difícil discutir, para el trabajo literario hay pocos materiales más atractivos que los que ofrece el héroe trágico del fútbol.
Cuando se escribe sobre fútbol se escribe sobre personas. Sobre los héroes de la cancha, mimados y zarandeados, adorados y vilipendiados (despreciados), sometidos a presiones tan brutales como absurdas, y sobre la masa anónima de la grada, que vuelca en el deporte pulsiones complejísimas: desde la voluntad de pertenencia a la sublimación de la propia existencia a través de héroes en calzón corto. Se puede hacer buena literatura con una jugada o un gol, y la hacen semanalmente los mejores cronistas deportivos, pero se trata de argumentos con poco recorrido. Incluso los cronistas deportivos recurren a la personalización: la tentación es irresistible.
La dificultad de conjugar juego y literatura tiene un perfecto ejemplo en el cuento "19 de diciembre de 1971", de Roberto Fontanarrosa, una de las cumbres de la literatura futbolística. El cuento se refiere a una semifinal que en tal fecha disputaron en Buenos Aires Central y Newell´s, los dos equipos de Rosario (Argentina), y que por diversos motivos tuvo un enorme impacto. En el partido hubo un solo gol, de trascendencia histórica para miles de rosarinos. Pero el Negro Fontanarrosa prefirió olvidar ese lance y fabular de forma periférica sobre la peripecia de unos hinchas canallas, como se apoda a los de Central, y de la tragedia (o éxtasis definitivo) de un viejo apasionado canalla con problemas cardiacos.
El gol, en cambio, tuvo su propio recorrido cultural por vías protoliterarias. Como en las representaciones litúrgicas (culto) del teatro medieval, cada 19 de diciembre los canallas escenifican en diversas ciudades del mundo "la palomita de Poy", el gol que decidió el partido. A veces ha sido el propio Poy quien ha realizado el testarazo (cabezazo) estelar en la función. Si no está Poy, vale cualquiera. Igual que la consagración en el Medievo, el gol adquiere la categoría de inefable: es lo que es y se puede evocar, pero no reconstruir con palabras, porque mengua.
Entre los muchos héroes trágicos que el fútbol ha prestado a la literatura, y en medida menos relevante a otras artes, el más destacado es sin duda Abdón Porte. Sobre él escribió Horacio Quiroga el cuento "Juan Polti". Eduardo Galeano relató su historia en "Muerte en la cancha", uno de los capítulos de su clásico El fútbol a sol y sombra. La pieza más reciente, hasta donde sabe el cronista, es Abdón en polvo convertido, de Manuel Jabois. No será la última.
Abdón Porte, uruguayo de Libertad, fue mediocentro y capitán del Nacional de Montevideo hasta 1917. Al concluir la temporada de ese año, los directivos del club le comunicaron que habían fichado a Alfredo Zibechi para sustituirle y que preferían que se quedara en el banquillo como suplente, con la idea de que poco a poco pasara a desempeñar una función que apenas existía por entonces, la de entrenador. Porte recibió la noticia tras el partido de la última jornada, frente al Charley. No hizo comentarios. Fue con sus compañeros a celebrar la victoria, 3-1, y hacia medianoche regresó al Parque Central, el estadio de Nacional. No se sabe cuántos años tenía Abdón esa noche porque se ignora su fecha de nacimiento. Debía tener menos de 30. Abdón caminó sobre la hierba hasta el círculo central, empuñó una pistola y se disparó al corazón.
Abdón no se mató por quedarse sin fútbol. Podía haber jugado en otro club. Abdón se mató porque no soportaba la idea de no vestir nunca más la camiseta de Nacional, su gran amor. Sobre su cadáver se halló una nota en verso dedicada a Nacional: "Aunque en polvo convertido, y en polvo siempre amante, no olvidaré un instante lo mucho que te he querido".
Los otros grandes personajes trágicos del fútbol han tenido un final más lento y encarnan al héroe que, privado (quitar) del balón, del aliento de las gradas y de la condición semidivina que caracteriza al jugador en activo, muere de pena y de tedio (aburrimiento). Ese fue el caso de Manuel Francisco dos Santos, Garrincha (1933-1983), un mestizo con los pies girados, una pierna más larga que otra y la columna vertebral torcida. Según el psicólogo de la selección brasileña, Garrincha era "un débil mental incapaz de comprender el fútbol". Ciertamente, el mejor extremo derecho de todos los tiempos nunca llegó a captar los mecanismos de puntuación en la liga ni entendió que tras una final no se disputara encuentro de vuelta. Solo sabía jugar. Después de retirarse, Garrincha, fumador y alcohólico desde los 10 años, se dejó morir. Duró hasta los 50.
Similares, aunque no tan desoladores, fueron los casos de George Best (Foto Nº2), el mágico extremo norirlandés del Manchester United en los sesenta, fallecido en 2005 poco después de un transplante de hígado, o de Paul Gascoigne (Foto Nº3), el futbolista inglés más exquisito de los noventa, que sobrevive aún, a los 46 años, pese a úlceras, trastornos cardiacos y hepáticos, problemas psicológicos, peleas y algún intento de suicidio.
La de Adriano Leite Ribeiro (Río de Janeiro, 1982) es una historia distinta. Adriano no esperó a retirarse para hundirse. Era la estrella del Inter de Milán, un gigante capaz de hacer diabluras con el balón, cuando a los 25 años murió su padre. Él debió morir también un poco, porque desde ese momento solo pensó en volver a Brasil. No para jugar, sino para encerrarse en su favela natal con sus amigos de infancia, convertidos en distribuidores de droga, y anestesiarse con cerveza y cocaína. Es lo que viene haciendo últimamente, con algunas pausas en las que ficha (es contratado) por un equipo y trata, sin éxito, de recuperar el fútbol.
¿Qué decir de René Houseman? El mejor extremo derecho del fútbol argentino llegó a jugar ebrio, con Huracán, un partido contra River Plate. Apareció tambaleándose por el vestuario poco antes de iniciarse el encuentro, pero aun así lo alinearon (lo colocaron entre los titulares). Él mismo contó, años más tarde, lo que ocurrió sobre el césped a cuatro minutos del final y con empate a cero: "Parece que fui a buscar una pelota, procedente de un pase de Russo. Avanzando de derecha a izquierda en diagonal eludí a uno, la tiré larga entre los dos defensores centrales y cuando desde el arco me salió Fillol en el mano a mano amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Dicen que me quedé tirado en el suelo, riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui a dormir a mi casa. Comentan que la gente, ignorando mi estado, me despidió con el cántico tradicional: "Y chupe, y chupe, y chupe, no deje de chupar, el Loco es lo más grande del fútbol nacional".
Houseman vagabundea ahora por su barrio, flaco, pobre y simpático, en lucha permanente contra el alcohol.
Brian Clough nunca marcó un gol borracho porque sus demonios interiores y su alcoholismo despertaron cuando se retiró como futbolista y empezó a entrenar. El drama personal de Clough está contado en dos libros, "Provided you don´t kiss me" (Con tal de que no me beses), de Duncan Hamilton, y "The Damned United", de David Peace, trasladado al cine en 2009. Socialista, donante de fondos a los mineros en huelga, presidente de la Liga Antinazi, entrañable o insufrible según los momentos, Brian Clough es considerado uno de los mejores técnicos de la historia del fútbol inglés. Tuvo éxito desde que dio los primeros pasos como entrenador, pero pese a ello no soportó la presión. Mantenía una lucha permanente contra el mundo. Durante la temporada 1992-1993, la última con el Nottingham Forest, al que había hecho ganar todos los títulos posibles, ofreció un espectáculo deprimente. Tenía el rostro hinchado, la nariz bulbosa, los ojos vidriosos. Hablaba con dificultad. Sufría una borrachera inacabable. El Forest bajó y Clough fue despedido. En 2003 se sometió a un trasplante de hígado. Murió al año siguiente, de un cáncer de estómago.
A veces no es la presión del propio fútbol la que provoca tragedias, sino presiones peores. Como las que sufrió Matthias Sindelar, el mejor jugador nacido en Austria. Sindelar, apodado Mozart por su talento y de origen judío, no aceptó la anexión de su país al Reich alemán en 1938 ni soportó el régimen nazi. El 3 de abril de ese año se disputó un amistoso entre las selecciones de Alemania y Austria antes de que ambas se fundieran en una sola, y Sindelar, que se negó a saludar brazo en alto, humilló a sus adversarios: primero, rematando (pateando) intencionadamente fuera los balones que le llegaban; luego, driblando (gambeteando) una y otra vez y llevando a su equipo a la victoria. No se lo perdonaron. Tuvo que abandonar el fútbol y fue sometido a continuas investigaciones policiales. Un año después, su cadáver y el de su novia fueron encontrados en la casa vienesa que compartían. Oficialmente, murió por un escape de gas. Pero siempre se ha especulado con un suicidio, o incluso con la hipótesis de un asesinato cometido por la Gestapo.
Luego, caso aparte, está lo de Diego Armando Maradona, una comedia trágica, o una tragedia humorística, que constituye en sí misma un género literario. Jorge Valdano suele decir que Maradona es objeto en Argentina de la misma veneración que mitos como Evita Perón, Carlos Gardel o Ernesto Che Guevara, con la diferencia de que él sigue vivo. Maradona ha resistido años de adicción a la cocaína y ha llegado a estar al borde de la muerte, pero, como en la cancha, ha tenido algo que no han tenido otros. Y ha logrado escapar.
Fuente: http://descontexto.blogspot.com
domingo, 17 de junio de 2012
Comerciales (especial Día del Padre)
Les deseo a todos los padres que pasen un increíble día junto a sus hijos
Comercial Movistar- Ballet
Comercial de la Fundación Argentina de personas con discapacidad auditiva- Ser papá por primera vez
Comercial Coca-Cola- Feliz día del Padre 2012
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Comercial Coca-Cola- Feliz día del Padre 2012
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