martes, 30 de noviembre de 2010

Una familia, que va a dar que hablar

La película Mi Familia es una comedia dramática protagonizada por Annete Benning, Julianne Moore, Mark Ruffalo, Mia Wasikowska y Josh Hutcherson, bajo la dirección de Lisa Cholodenko.
Lisa Cholodenko empezó su carrera en la industria del cine en Nueva York, en la década de 1990. Obtuvo cargos de asistente de editor en las películas: Los chicos del barrio (Ice Cube, Cuba Gooding Jr, Angela Basett) (1991) y la Gente Utiliza (Shirley Maclaine, Kathy Bates, Jessica Tandy) (1992). Después se matriculó en la Universidad de Columbia (Escuela de artes), donde obtuvo una ayuda macrofinanciera en escritura de guiones y dirección. Luego de escribir y dirigir varios cortometrajes tales como Cena, hizo su debut en el cine con High Art (Radha Mitchell, Gabriel Mann, Ally Shedy) (1998) ganando uno de los premios del Festival de Sundance. Cholodenko también ha trabajado en televisión, con su adaptación de la novela Cavedweller (libro que trata sobre la violencia doméstica, la amistad entre las mujeres y la pobreza de la pequeña ciudad del sur, Georgia). Además dirigió episodios de Homicidio: Vida en la calle, Six Feet Under (cuenta la vida de una pareja de homosexuales) y The L Word (retrata la vida de un grupo de lesbianas, bisexuales y transexuales, en Los Ángeles). En su última película, Los chicos están bien (en Latinoamérica, Mi Familia), da su punto de vista sobre la relación de una pareja de lesbianas, ya que ella confesó serlo.
El film se centra en una relación lésbica entre Nic (Annete Benning) y Jules (Julianne Moore). La pareja protagonista tiene dos hijos: Joni (Mia Wasikowska) y Laser (Josh Hutcherson), quienes nacieron por inseminación artificial. Joni está a punto de graduarse de secundaria y pasa por todos los problemas propios de la adolescencia, el alcoholismo y las ganas de ser popular. Pero hay una sola cosa que los hijos quieren saber y es conocer al hombre que donó su esperma (Mark Ruffalo). Ellos por azares del destino, lo encuentran y lo integran como parte de su vida. El problema es que sus madres no están de acuerdo con eso, provocando algunas situaciones confusas.
Es muy bueno ver una película con un relato poco habitual de ver en la pantalla grande, como el reencuentro de una pareja de lesbianas con el donante de esperma de sus hijos y mostrar cómo esto afecta para bien y mal a todos los involucrados.
Las actuaciones son sumamente creíbles, sin caer en el exceso de los clichés. Se ve el gran duelo actoral de las actrices protagonistas. Realmente, se observa a dos mujeres que se aman y no a las actrices que las interpretan. Mark Ruffalo, no se queda atrás, brindando un trabajo sólido.
El guión mantiene el interés del espectador, tratando con respeto y altura, la complejidad de sentimientos y conflictos que surgen cuando aparece el donante a cambiar las vidas de todos los integrantes de esta familia.
Lo que sí, el final será complaciente para muchas personas.
El film nos deja una pequeña enseñanza: Uno no valora lo que tiene, hasta que lo pierde.


jueves, 18 de noviembre de 2010

Comercial TAC (Transport Accident Comission)

Hay que tomar conciencia cuando uno maneja


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Las diez marcas retro que más se extrañan

Golosinas, alimentos y bebidas que fueron furor en los 80. Un ranking para melancólicos con las firmas que marcaron una generación.


Muchos de los que hoy tienen más de 30 años se pondrán melancólicos al leer estas líneas. Recordarán los años en que se calzaban la campera de corderoy, encendían el enorme Walk Man Sony amarillo, con un tema de Pat Benatar sonando y salían a reventar la noche clavándose un licuado de banana en La Lecherísima del barrio.

Las cosas han cambiado desde entonces: muchos de los alimentos que eran furor en los 80 y 90 -verdaderos íconos de consumo de una generación- terminaron desapareciendo de un día para otro, con penas y gloria destrozando el corazoncito de sus fanáticos.

Por eso, en esta nota queremos recordar estos productos y apelar al clamor popular para que alegren otra vez nuestras vidas. Estos son los 10 alimentos que más extrañamos. Queremos que vuelvan.

1) Fruti Fru
Quienes probaron esta golosina y todavía conservan sus piezas dentales son auténticos casos de estudio para la odontología. El Fruti Fru era un cuadrado que a duras penas entraba en la boca; había que masticarlo hasta el punto del calambre mandibular, pero su sabor valía el sacrificio. De un día para el otro, los gloriosos Fruti Fru desaparecieron de los quioscos argentinos.

2) Mobur
Este sándwich de la extinta cadena Pumper Nic fue el fetiche alimenticio de una generación dispuesta a masacrarse el hígado y morir felíz. Dos panes y un huevo frito aplastado en el medio componían el preciado bocadillo y deleitaban a miles de fanáticos. Acompañado por unas Frenny´s (así se llamaban las papas fritas de Pumper), el Mobur era lo máximo.
Algunos aún escuchan en sueños la voz de la cajera sonando en los micrófonos descascarados del restaurante del hipopótamo: "Mobur y Frenny´s para caja dos".

3) Teem
Y un día tembló la Sprite... fue cuando apareció en el mercado la Teem, una gaseosa lima limón que entró en los hogares argentinos y cautivó a los adolescentes. Todavía hoy algunos treintañeros -que más bien pisotean los cuarenta- la piden en los bares y son traicionados por sus recuerdos, ante la mirada absorta del mozo: "Traéme una Teem... digo una Sprite".

4) Mendinet
Los quesos crema de hoy no tienen nada que hacer si se los compara con el famoso Mendinet, cuyos grumos blancos (eran casi pelotitas de Ping Pong) quedaron grabados en el paladar de muchos. Inclusive hay quienes insisten en batir el Mendicrim o el Casancrem para que se parezcan, aunque sea un poco, al grumoso recuerdo del Mendinet.

5) Caramelos Punch
Eran ladrillitos dulces de distintos colores de sabor indefinido. Los favoritos solían ser los multicolor que algunos catalogaban como "tutti frutti". Había que pedir de a varios paquetes porque uno se los devoraba en bloque. El producto fue discontinuado durante muchos años y luego reapareció. Hoy no queda en claro si siguen existiendo, o no.

6) Tubby 3 y Tubby 4
"Vamos subidos a los bolsillos de una ciudad soleada: Tubby 3 y Tubby 4...", decía el spot televisivo de esta golosina (lanzado en 1984), que es sin dudas la más ochentosa del listado. Una oblea bañada en maní y caramelo y otra bañada en chocolate componían la maravillosa dupla. Nadie supo que fue de ella. Se dice que algunos coleccionistas mandaron a embalsamar varios Tubby 3 para mantener vivo el recuerdo.

7) Sandy de dulce de leche
Con el cierre de Gándara desapareció este postrecito, que vivió su pico de esplendor en los ´80. Fue uno de los primeros que supo reproducir fielmente el sabor del dulce de leche en un postre cremoso. Pero a no desesperar. Este año la marca fue comprada por inversores chinos así que existen altas posibilidades de que regrese.

8) Alfajor Suchard
Es el alfajor más añorado por toda una generación. Fue el primero en introducir mousse de chocolate entre sus dos galletas. Venía envuelto en un papel dorado, marrón y naranja. Tan hondo caló el Suchard en la gente que se crearon más de 30 grupos en Facebook para pedir que vuelta. Por ahora, los reclamos son sólo un grito perdido en la web.

9) Mountain Dew
Al igual que la Teem, esta bebida también tuvo sus seguidores en la Argentina. En verdad nadie sabía de qué estaba hecha (demasiado dulce para ser una tónica), pero la Mountain Dew realmente era muy rica. En Estados Unidos se sigue vendiendo, pero aquí duró menos que Abel Alves como DT de Boca.

10) Bauty
"Bauty es... coco, chocolate, chocolate y coco", cantaba el jingle de su pegadiza publicidad televisiva. Un clásico del quiosco que duró poco y pide una segunda chance. En alguna época apareció la golosina Prestigio que era similar, pero nada que ver con aquel mix dulce y equilibrado del Bauty ¿volverá?

Fuente: www.infobae.com
Sección: General

lunes, 8 de noviembre de 2010

Inauguran en España la Avenida "Super Mario Bros"

Los vecinos del barrio Arcosur de Zaragoza, España, serán los primeros en rendir homenaje al célebre fontanero de Nintendo, a 25 años de su nacimiento.

El Sábado se inauguró la Avenida Super Mario Bros, en Arcosur, la flamante ciudad construída al sur de la capital aragonesa. El acto fue organizado por Nintendo España y contó con la presencia de un puñado de vecinos entusiasmados por el inminente crecimiento de su pueblo, y la posibilidad de fotografiarse junto al ídolo de la infancia.

Tal como manifestó Manuel Curdi, portavoz de Nintendo España: "Es una gran satisfacción para la empresa esta elección de los vecinos de Arcosur y el homenaje a un icono de los videojuegos que se ha convertido en un icono social, que ha trascendido el ocio electrónico y está en la vida de todo el mundo".

La Super Mario Bros, que por cuestiones de planeamiento aún no se encuentra asfaltada, será la avenida principal del barrio, con una longitud de 921 metros, a lo largo de los cuales se repartirán alrededor de 785 hogares. Al sur de la avenida se van a construir dos edificios de uso terciario. Y, por supuesto, no podía faltar una estatua gigante del fontanero más querido de todo el mundo pero en versión aragonesa, vestido de baturro (aragonés).

En la inauguración, celebrada con motivo del cumpleaños número 25 de Super Mario Bros, el personaje creado por Shigeru Miyamoto para Nintendo se hizo presente para conocer la primer calle del mundo que lleva su nombre. Además, participó de un peculiar certámen: el vecino que más se le parecía, ganaba un pack especial de juegos con el logo del 25 aniversario de Mario Bros.

Arcosur fue diseñado en 2008 y al año siguiente comenzaron las obras, que esperan finalizarse para 2012. Esta ciudad, que consiste en la urbanización de 440 hectáreas, surgió con el fin de hacerle frente a la crisis europea poblando el territorio y generando actividades productivas. En dicho terreno, se levantarán 21.148 viviendas, de las cuales 12.689 serán de protección oficial. También se construirán cerca de 250.000 m2 destinados a usos terciarios (oficinas, comercios, hostelería, ocio).

Fuente: www.infobae.com



viernes, 5 de noviembre de 2010

Setenta en el siglo XXI (Anónimo)

Si miramos con cuidado podemos detectar la aparición de una franja social que antes no existía: la gente que hoy tiene alrededor de setenta años.
Es una generación que ha pateado fuera del idioma la palabra "sexagenario", porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales el hecho de envejecer.

Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición en su momento, de la "adolescencia", que también fue una franja social nueva que surgió a mediados del siglo veinte para dar identidad a una masa de niños desbordados en cuerpos creciditos, que no sabían hasta entonces dónde meterse, ni cómo vestirse.

Este nuevo grupo humano que hoy ronda los setenta, ha llevado una vida razonablemente satisfactoria. Son hombres y mujeres independientes que trabajan desde hace mucho tiempo y han logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura rioplatense le dio durante décadas al concepto del trabajo. Lejos de las tristes oficinas de J.C. Onetti o Roberto Arlt, esta gente buscó y encontró hace mucho la actividad que más le gustaba y se ganó la vida con eso. Supuestamente debe de ser por esto que se sienten plenos...algunos ni sueñan con jubilarse.

Dentro de ese universo de personas saludables, curiosas y activas, la mujer tiene un papel rutilante. Esta mujer pudo sobrevivir a la borrachera de poder que le dio el feminismo y en determinado momento de su juventud en el que los cambios eran tantos, pudo detenerse a reflexionar qué quería en realidad. Algunas se fueron a vivir solas, otras estudiaron carreras, otras eligieron tener hijos, otras fueron periodistas, atletas, o crearon su propio "YO S.A". Pero cada una hizo su voluntad.

Reconozcamos que no fue un asunto fácil y todavía lo van diseñando cotidianamente. Pero algunas cosas ya pueden darse por sabidas, por ejemplo que no son personas detenidas en el tiempo; la gente de setenta maneja la compu como si lo hubiera hecho toda la vida. Se escribe, y se ve, con los hijos que están lejos y hasta se olvidan del viejo teléfono para contactar con sus amigos y les escriben en e-mail sus ideas y vivencias.
Por lo general están satisfechas de su estado civil y si no lo están, no se conforman y procuran cambiarlo. Raramente se deshacen en un llanto sentimental. A diferencia de los jóvenes; ellos conocen y ponderan todos los riesgos. Nadie se pone a llorar cuando pierde: sólo reflexiona y toma nota, a lo sumo.

La gente grande comparte la devoción por la juventud y sus formas superlativas, casi insolentes de belleza, pero no se sienten en retirada.
Compiten de otra forma, cultivan su propio estilo...Ellos no envidian la apariencia de jóvenes astros del deporte, o de los que lucen un traje Armani, ni ellas sueñan con tener la figura tuneada de una vedette. En lugar de eso saben de la importancia de una mirada cómplice, de una frase inteligente o de una sonrisa iluminada por la experiencia.

Hoy la gente de 60, como es su costumbre, está entrenando una edad que todavía NO TIENE NOMBRE, antes los de esa edad eran viejos y hoy ya no lo son, hoy están plenos física e intelectualmente, recuerdan la juventud, pero sin nostalgias, por que la juventud también está llena de caídas y nostalgias y ellos lo saben.

La gente de 60 de hoy, celebra el sol cada mañana y sonríe para sí misma muy a menudo...Quizás, por alguna razón secreta que sólo saben y sabrán los de setenta en el siglo XXI.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Cada vez que pierde Racing

Este poema está dedicado principalmente a la hinchada de Racing, pero también a todas la hinchadas del fútbol argentino (reconociendo su eterna pasión por este deporte maravilloso).

Cada vez que pierde Racing

Cada vez que pierde Racing se me viene abajo el mundo
con el alma por el piso caigo al pozo más profundo
el Domingo se perpetua y la bronca no se va,
cada vez que pierde Racing yo lo quiero un poco más.

Cuando cae la Academia se me piantan los anhelos
¡que difícil se hace todo si es tan fuerte el desconsuelo!
están tristes mis amigos casi tanto como yo
cuando Racing se desploma muere y nace una ilusión.

Cada vez que pierde Racing mi semana es diferente,
todo se hace más pesado y el desgano es evidente,
gesto adusto y perturbado, nerviosismo y mal humor
y la chanza del contrario que resisto con honor.

Ver a Racing derrotado me provoca gran tristeza
y aunque el golpe sea muy duro nunca pierdo la entereza,
orgulloso yo sostengo con arresto mi pasión
y ese loco fanatismo transformado en devoción.

Es por eso que te digo racinguista amigo mío
que si hoy estoy herido volveré a estar en pie,
porque soy de la Academia, soy constante y muy distinto
y no hay diablo en mi camino que me pueda someter.

En la súbita derrota y en el áspero traspié
siempre firme junto a Racing nuevamente allí estaré,
porque soy muy diferente a ese amargo que está enfrente
que acompaña y hace ruido si es primero únicamente.

Pasaran entrenadores y también mil jugadores,
habrá marcha permanente de diversos dirigentes
pero solo nuestra hinchada estará siempre presente
defendiendo más que nadie su fervor blanco y celeste.

Aunque ganes o pierdas poco y nada me interesa
en la angustia más punzante o en la gloria y el placer,
seguirás siendo el motivo principal que me desvela,
mi querido y gran amigo, Racing club de Avellaneda.


Fuente: http://quelapaseslindo.com.ar/

martes, 26 de octubre de 2010

Adiós al oráculo mundialista

El molusco adivino, que se hizo famoso por predecir todos los resultados de Alemania y la victoria final de España durante el Mundial 2010, falleció anoche en su acuario "en paz y por causas naturales", según el comunicado.

OBERHAUSEN, Alemania (dpa) - El pulpo Paul, el molusco adivino del Mundial de Sudáfrica, murió anoche en el acuario en el que vivía, el Sea Life de la ciudad alemana de Oberhausen, informaron hoy sus portavoces.

El principio del fin: Paul deja afuera del Mundial a la Argentina

"Paul murió en paz y por causas naturales", asegura el escueto comunicado con el cual anunciaron su ingreso al cielo de los pulpos.

Paul eligió a España



Paul se hizo mundialmente famoso al vaticinar correctamente todos los triunfos y fracasos de la selección de su país en el Mundial de Sudáfrica, así como la victoría de España.

Al archiconocido pulpo se le ofrecían dos botes llenos de comida, uno con la bandera de cada país jugador. El animal pensaba unos segundos para abrazarse después a uno de los botes.

Con sus oráculos acertó a los ganadores de todos los partidos, incluyendo encuentros difíciles, como la final que ganó España, o sorpresivos, como la derrota de Alemania ante Serbia en la ronda inicial.

La canción del pulpo Paul



Texto: (fuente: www.canchallena.com)

viernes, 22 de octubre de 2010

La observación de los pájaros (Roberto Fontanarrosa)

Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del Domingo transcurre silenciosa y quieta, como si no pasara nada. Y no pasa nada, hermano, no pasa nada. Si después de todo, es apenas un partido más. Un partido más entre los miles de partidos que han jugado los clásicos equipos rosarinos. ¿O acaso uno piensa o alguien se acuerda de cómo salieron en el primer partido del año 75? ¿O en el segundo? Ni uno mismo lo sabe. Ni se acuerda.
Son emociones momentáneas, pasajeras. Intensas pero fugaces. Un dolor profundo, una alegría enceguecedora pero que al día siguiente se va, desaparece sin dejar huellas físicas visibles, como la varicela. Seguro que no hay casi nadie en la cancha. Casi vacío el Parque. Mañana dirá el diario que el partido concitó poco público. Que la campaña irregular de los sempiternos rivales, la promesa de un mal partido y la amenaza de un nuevo empate alejó a las parcialidades, por supuesto. No tiene importancia el partido. Si se pierde, habrá un chisporroteo urticante durante un rato, alguna carcajada extemporánea, una mirada sobradora, pero nada más. Nada más. Pero será un empate. Quedan 45 minutos apenas, si es que ya ha comenzado el segundo tiempo. 45 minutos. Pero ¿cómo es posible que tarden tanto en pasar 45 minutos? ¿Cómo puede ser que se transformen en una eternidad inacabable? La cosa no es mirar el reloj. No mirarlo nunca. Entonces, de pronto, cuando uno en el reflejo natural y entendible de animal urbano mira el cuadrante, ya han pasado 40 minutos o 43, no queda nada. Dos minutos apenas, un suspiro, una minucia de tiempo, un preámbulo mísero al gesto altivo del árbitro que levanta la mano derecha y muestra a los jugadores, a la tribuna y al mundo que adiciona dos minutos solamente, que le importa un carajo que haya habido ocho de demora por choques y turbamultas y que está dispuesto a cortar el clásico lo antes posible con la tranquilidad de haber sacado el partido sin problemas mayores ni expulsiones injustas. Es así. Pero lo más jodido son los primeros 20 del segundo tiempo, eso es lo jodido, uno cavila.
Allí todavía los equipos quieren llevarse los dos puntos y el local especialmente, carajo, se lanzará al ataque obligado por su condición de dueño de casa. ¡Y los nuestros son tan boludos que siempre se desconcentran en los primeros minutos! Entran dormidos, no encuentran las marcas, les meten goles imbéciles tras un rebote. Goles boludos... ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Un bocinazo! ¡Hay un gol! ¡Alguien festeja! Si se escucha otra bocina no quedan dudas, ya se celebra... Pero no hay nada. Vuelve el silencio. Uno camina y percibe un golpeteo sordo, un tam-tam opresivo desde el lado de adentro del pecho. La boca pastosa ¿cómo mierda pueden tardar tanto en pasar 45 minutos? Si uno va a comer por ejemplo, o a tomar un café y está allí, al pedo, charlando, mirando a la gente, distraído y de pronto cuando mira el reloj, ya se le ha pasado más de una hora. ¿Cómo es posible esa diferencia de densidad en el tiempo?
Es más, hace muy poco, digamos ayer sin ir más lejos, uno estaba en el patio de su casa jugando a los soldaditos y ahora, de golpe y porrazo, ya tiene la edad que tiene y se le ha caído el pelo de la cabeza. Hace horas prácticamente, se reunía con los compañeros de la secundaria festejando la finalización del quinto año, estrechaba la mano de Podestá, jodía con Carelli y de pronto, en un soplo, está aquí, caminando por las calles del barrio como un prófugo, como un linyera, como un fugitivo, tratando de que pase de una buena vez por todas ese puto clásico con el resultado que sea. Eso mismo. El resultado que sea. Victoria, empate o derrota. Incluso derrota. Porque la derrota, cuando se acepta, cuando se instala, invade el cuerpo como una medicina amarga pero relajante, resignada. Lo que a uno lo destruye es la ansiedad. Dos semanas, tres semanas, cuatro, esperando que llegue el día preanunciado.
Séptima fecha de las revanchas. Y lo inapelable de lo indefectible. Esa bola en el estómago que se va formando en los comentarios previos, durante el partido con Vélez, durante el partido con Ferro, durante el partido con Boca, en torno al clásico que se acerca. La fiesta de la ciudad... ¡Justamente! Se van a la concha de su madre con la fiesta de la ciudad. Feliz es ese perro que cruza la calle.
Se oyen incluso las pisadas acolchadas de sus patas sobre el empedrado, tal es el silencio de la siesta. No sabe nada del fútbol, no sabe nada del clásico, no le importa un sorete el resultado. ¿Y eso? Alguien gritó. Sí. Alguien gritó. En una casa cercana se elevó un grito. ¿Hombre o mujer? Si es mujer puede que no haya pasado nada. Un reproche a su hijo tal vez. Si es de un hombre puede ser un gol. Aunque hay muchas mujeres terriblemente fanáticas también. Es más. Son las peores con las cosas que les gritan a los jugadores en la cancha. La casa es humilde. Puede ser gol de Central, entonces. El barrio es un reducto canalla. Pero ahora está todo muy mezclado. Antes los verduleros eran de Central y los oligarcas leprosos. Pero ahora uno ve conchetos que son canallas y unos grones impresionantes que son leprosos. Se ven incluso niños con la rojinegra muchas veces. No hay seguridad por lo tanto de que ese grito de alborozo provenga de un centralista. De todos modos, no se repite.
Uno mira hacia el entorno como un indio. Olfatea el aire, para las orejas, gira la cabeza buscando indicios en el aire. No se puede sufrir tanto. Tal vez sea mejor ir a la cancha. Uno está allí in situ, en el lugar propiamente dicho de los hechos. Enclavado en medio de la popu, mirando lo que pasa, sin necesidad de adivinar nada ni de que se lo cuenten. Pero hay que ir muy temprano, cuando empieza la reserva. Y pararse y sentarse, y pararse y sentarse y pararse y sentarse cada vez que hay una situación de gol hasta que al fín se paran todos para siempre y se termina esa historia. Hay que estar más entrenado que los jugadores, carajo. Estrujado, además, por la sudorosa multitud bajo el sol inclemente del estío. Y ver el insufrible espectáculo de los lepras cubiertos de banderas gigantescas, saltando y gritando como demonios en la bandeja de enfrente. Porque no se puede ir a las plateas y correr el riesgo de quedar sentado junto al enemigo. Y después, la otra, la verdad: de visitante, sea en la Bombonera, en el Gasómetro o en el Monumental, es muy pero muy probable que te rompan el culo. Históricamente ha sido así. Y el regreso es duro.
Pero lo peor es la radio. Es mucho peor que ir a la cancha. Es como pelearse con un tipo en una habitación a oscuras. Los relatores asumen la responsabilidad frente a sus oyentes, y más que nada frente a sus anunciantes, de dotar de dramatismo al espectáculo, esa verdadera fiesta del fútbol rosarino. Por lo tanto, los remates siempre salen rozando los maderos, las atajadas siempre revisten la condición de milagrosas y los ataques en profundidad despiden invariablemente un definitivo aroma a gol. Hay que guiarse entonces por el estallido de la tribuna, allá, en el fondo. El rumoreo de la indiada como telón de fondo del tipo que transmite. Uno escucha el "Uhhh" que se transforma en "Ahhh" cuando todavía el relator no ha alcanzado a gritar que esa pelota se viene como balazo de pedo o que volvimos a perder una ocasión irrepetible. Uno escucha el estallido lejano cuando el tipo aún está anunciando que llega el centro y ya se sabe que el grandote de ellos saltó y te la mandó a guardar. En la cancha al menos, uno ve dónde está el wing, dónde se fue esa pelota y a qué distancia real del arco se desarrolla la jugada. Aunque también está el recurso de escuchar otro partido y esperar la conexión con Rosario. River-San Lorenzo por ejemplo, que conectará a cada momento con la emoción que se vive en el Parque Independencia en otra edición de uno de los clásicos más antiguos de nuestro fútbol. Pero allí la cosa suele ser peor.
El corazón esta inerme ante el sablazo fatal de la noticia. Antes por lo menos, con Fioravanti -un caballero de la radiofonía deportiva- alguien te anunciaba: "Atento Fioravanti". "¡Atento Fioravanti!" llamaba un tipo. Entonces uno se agarraba de las almohadas, por ejemplo -si estaba tirado en la catrera- daba una vuelta carnero sobre el lecho, mordía la sabana y aguardaba, como un pelotudo, como un cordero ante la destreza final del matarife, el golpe artero. Podía ser que llamaran desde otra parte, supongamos, desde Platense en Manuela Pedraza y Cramer, después de todo. O bien desde el coqueto estadio Atlanta, para anunciar un gol de un ignoto puntero izquierdo. A veces uno, antes, un segundo antes, percibía detrás de aquel llamado cobardemente anónimo el corto e inusual estallido del público, de algún público, más parecido al sonoro griterío de los locales que al apagado de los visitantes y entonces intuía, detectaba, temía, que el llamado fuese desde Rosario. Y para colmo, Fioravanti demoraba la conexión comentando, preciso y atildado, que en esos momentos, los bravos muchachos azulgranas estaban armando la barrera, la empalizada, el valladar, el muro de contención... Pero aquel anuncio, el "¡Atento Fioravanti!", alertaba el espíritu, prevenía la psiquis y disponía el terreno para recibir el dolor supremo o la alegría enceguecedora. En cambio ahora no.
Ahora, de buenas a primeras descaradamente, crudamente, ferozmente, un desaforado se mete en la transmisión vociferando "¡Gol de boca!" y a la mierda. Uno queda aterido, trémulo, abofeteado, pensando que en esas tres palabras pudo haber cambiado el sentido de la vida, el eje del movimiento del mundo y el sentido mismo de nuestra existencia sobre la Tierra. Por eso, por preservación tal vez, uno puede decidir que no quiere saber absolutamente nada sobre el partido. No quiere verlo ni escucharlo, ni siquiera enterarse del resultado hasta el momento exacto del pitazo final. ¿Por qué? Porque uno sabe que todo sufrimiento tiene un límite, que su cansado corazón no podrá aguantar el trámite, que la angustiosa transmisión radial se sumara a la tensión propia hasta alcanzar ribetes intolerables y que prefiere, en suma, conocer el marcador ya puesto de un impacto seco, un manotazo duro, un golpe helado.
Sin embargo encerrarse en un ropero, en la piecita chica de la terraza, puede ser ocioso. El sonido radial es finito, incisivo, líquido y se fíltra por las paredes. Usted conoce que su vecino suele estallar en un mugido estremecedor ante los goles. Y están también las lejanas bombas de estruendo. Y las bocinas... El cine puede ser. El cine es una opción. Pero siempre habrá en la platea casi desierta del Domingo a la siesta, fílas más atrás, otro cobarde con un radio portátil incrustada en el oído. Uno, sensibilizado como un animal en carne viva, pese a las tinieblas lo ha visto y asume desde ese mismo momento, que Sharon Stone podrá ponerse en bolas una y mil veces, que Michael Douglas podrá agarrarse los huevos contra una puerta en repetidas ocasiones, pero que, a uno solo lo tendrá sobre ascuas ese mínimo canturreo oscilante y rápido que más que escuchar, adivina y que proviene de la radio del hijo de mil putas de la fila de atrás que hubiese podido elegir otro cine para refugiarse. Por eso, ahora uno está en la calle. Intentó ver televisión y fue lo mismo. Tomó café, dio vueltas por la cocina pero el tiempo se había detenido en la casa como aquel tiempo que diseñara Bioy Casares en La invención de Morel.
De pronto hubo una explosión, clara, inequívoca. Una bomba de estruendo. ¡Aquello era un gol, sin duda alguna! Se levantó de la silla y giró varias veces en torno a la mesa, cautivo del infernal desasosiego. En la cocina la radio, apagada, muda, lo esperaba. ¡Podía ser un gol de Central y uno estaba allí, como un boludo, sufriendo al pedo! Y si era gol de Newells mala suerte. La resignación, sabía, habría de invadirlo como una melaza reparadora. Hubo que correr hasta la radio y encenderla. El dial capturaba un programa musical, insensible a los problemas medulares de la sociedad. Uno buscó locamente con el dial. Apareció una propaganda gritona y vertiginosa. ¡Era allí! "Vamos a la boca del túnel" indicó un tipo. Atrás, el rumoreo. No había excitación en los comentaristas, no había exaltación ni clamoreo. "El empate está bien, hasta el momento" sentenció otro. Era el entretiempo y cero a cero. Algún pelotudo descerebrado había hecho explotar aquella bomba perturbando a la gente en su descanso, atentando contra la vecindad inocente.
Uno apagó la radio, casi con rabia ante su ataque de debilidad. Cuarenta y cinco minutos nomás para el final del suplicio. No se podría aguatar allí adentro. La adrenalina recorría el cuepo como uno de esos carritos multicolores que suben y bajan, endemoniados, por las Montañas Rusas. Había que salir. Caminar. Hacer algo. Ya deben ir como 20 del segundo. Ya seguro los equipos se conforman con el empate. Más no vale arriesgar, quedarse en el molde, cuidar atrás. Un punto es negocio para los dos, ni vencedores ni vencidos, la ciudad tranquila. Todos contentos. Pasa, veloz, un auto. Su conductor lleva el gesto adusto ¡Puede ser otro hincha de Central que está escuchando el resultado tan temido! Sí, a uno le parece haber visto el péndulo de un escarpín azul y amarillo colgando del espejito...
¡Suena una bocina varias veces! Puede ser el inicio de un festejo u, ojalá, el anuncio fatal de un accidente... ¡Ladra un perro! Tal vez se alarmó ante el salto gozoso de su amo, lepra insigne... ¡Atruena el escape abierto de una moto! ¿O son petardos? ¿Hay gol de alguien? ¿Será alborozo ajeno o fuego propio? Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros ancestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la actitud de los animales, a bucear respuestas en los indicios de la naturaleza, en la interpretación del vuelo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de cabeza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vibración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo empate?
Uno es un radar, es una antena, es el cervatillo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió -catastróficamente- un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un compartamiento errático y equívoco revolcándose, aparatosos, sobre sus propias heces. Deben ir, uno calcula, 30 minutos, media hora. Que todo siga así, en calma chicha, que no cambie ¡Otra vez una explosión, otra de estruendo! ¡Que la corten con eso, pelotudos! Ya se la hicieron correr una vez y era mentira. Tiran por tirar. Para hacerlo cagar a uno en las patas, nada más. Aunque sabe que si se confirma un gol de Central lo va a gritar. Solo y en la calle, como un pavote, seguro que pega un salto y se lo grita. Sí señor. Es toda una avalancha de presión que tiene acá, en la boca de la garganta, esperando salir, atragantada.
Dobla lentamente un auto, el conductor lo mira y va hacia uno. Es el Negro Mario. ¿Qué quiere este boludo? ¿Por qué aminora la marcha, por qué lo mira? Mario saca media cabeza por la ventana, la menea y sonríe con una mueca triste. "¡Que verga que somos, hermano!" dice. Un estilete de hielo le baja a uno desde el pecho hasta la entrepierna. "¿Qué pasa? ¿Perdemos?" pregunta. "Uno a cero". "Qué va a hacer" dice uno, supuestamente filosófico, medio como si no le importara, como si hubiera salido a caminar porque quiere reflexionar tranquilo sobre el devenir humano en el próximo milenio. Mario acelera y se va. Uno está destruido, pulverizado. Un hachazo feroz lo ha partido por el medio. "Qué va a hacer" se repite ¡Una mierda "Qué va a hacer"! ¡Mañana y pasado y toda la semana viendo en la televisión ese gol puto! Y el festejo, y el salto interminable de los lepra, y la pila de jugadores rojinegros celebrando. Y eso si es un solo gol, después de todo. Porque por ahí Central se va a la desesperada a buscar el empate y se come cuatro. Decí que falta poco... Y aguantarse la cargada de Marini. La cara de sobrador del pelado Vega. Los mil chistes malos que brotan como hongos después de cada derrota. El "¿Sabés como le dicen a Central?". Hay que meterse en la cama y no salir por 20 días. Eso hay que hacer, la puta madre que lo reparió.
¿Para qué carajo uno se pone esa remera mugrienta, la blanca con el dibujo del oso panda, que lo acompañara en tres victorias? ¿Para qué mierda se la pone uno? De ahora en adelante, no los ayuda más, así de claro. No los ayuda más. Después de todo ¿qué tiene que ver uno con ellos, con el equipo? ¿Juega acaso? ¿Uno entra a la cancha y juega, acaso? Son once muchachos medianamente conocidos y a la mierda. Nada más. Apenas eso. Hay cosas más importantes en la vida. Si a uno se le estuviera muriendo la madre en este momento, poco y nada de bola le daría al clásico. Un clásico que no pasará a la historia, de eso no hay duda. Uno de tantos. ¿Cuánto va? Ya debe estar por terminar, casi seguro. Ahora sí, que pase algo. Alguna otra explosión, algún otro dato que permita aferrarse a una ilusión momentánea por lo menos. Aunque después resulte otro gol de Ñuls, mirá lo que te digo. Un dos a cero no es goleada, un dos a cero...
¡Hay otra explosión, otra bomba de estruendo! ¡Y ahora otra, y otra más! Terminó. No cabe duda. Se acabó el clásico y nos ganaron. La reputísima madre que los parió. Y bueno, ya pasó. Hay cosas peores. Seguimos arriba, de todos modos, en la estadística. Se oscureció la tarde, está nublado. Ojalá que llueva y se arruine todo. Que nadie ande por la calle. Sale un chico de una casa y después otro. El primero, en cueros grita "¡Vamos Central, todavía!". Un relampagueo de flash lo ilumina a uno por dentro. Se le saca la garganta. Balbuceante alcanza a preguntar, "¿Terminó?". "Uno a uno" dice el chico, "empató Central sobre la hora". Uno camina, ahora aterido, por inercia, por instrumental. ¡Central sobre la hora, carajo! ¡Central sobre la hora! No grita. No hace un gesto. No levanta la mano. El grito le explota adentro como una bomba de profundidad ¡Vamos canallas, todavía! Parece mentira.
Uno hubiese pensado que iba a saltar, desencajado; brincar sobre una verja, treparse a un árbol como un simio, escalar por un balcón hasta una terraza. Pero no. No es para tanto. No era tan terrible, después de todo. Tal vez no tan importante. Pero una sensación de lasitud, de calidez, de infinita paz interior lo va invadiendo cordialmente. Ya está a una cuadra de su casa. Tiene hambre, tiene ganas de ver a su madre, de estar con sus amigos, de acariciar la cabeza de los niños que juegan en la vereda, futuro de la Patria. La tarde está clara, plena de sol y hasta más fresca. Uno se detiene un momento antes de entrar a abrir la puerta y cruza un par de frases con su vecina. Le pregunta por las flores que está regando, por la dimensión insólita que ha alcanzado la enamorada del muro. Comprende, de pronto que esa vieja hinchapelota y mal llevada, no es tan mala. Por lo contrario, es muy simpática. Entra por fín y va hasta el baño, antes de prender la radio para oír, de punta a punta, los comentarios finales. Orina. Se lava las manos, se mira en el espejo. Tiene más de mil nuevas canas en las sienes. Hay dos arrugas novedosas y profundas en la frente. Las ojeras se han tornado más oscuras. Uno ha envejecido cinco años otra vez, igual que siempre. Todo por un clásico, apenas. Un partido de fútbol, simplemente.

lunes, 18 de octubre de 2010

Comercial Instituto Nacional de Salúd Pública (Suecia)



Traducción de los díalogos (por orden de aparición)

1) Buenos días

2) Hola

3) ¡Qué hermoso!

4) Y solo salí por una cerveza

5) Call (llame)