martes, 29 de noviembre de 2011

Orlando el Sucio (Osvaldo Soriano)

Este relato está incluido en el libro "Cuentos de los años felices", editado en 1993 por la Editorial Sudamericana.

Orlando el Sucio vino al club como entrenador en 1961. Declaró que nos iba a conducir a la copa de la mano o a las patadas. "Yo soy un ganador nato", nos dijo y se refregó la nariz achatada. Era petiso, barrigón, de pelo grasiento y tenía tantos bolsillos en la ropa que cuando viajaba no necesitaba equipaje. Después del primer entrenamiento nos llamó uno a uno a todos los del plantel. No sé qué les dijo a los otros, pero a Pancho González y a mí nos llevó a un costado del terreno y nos invitó con caramelos de limón que sacó del bolsillo más pequeño.

-Usted tiene aspecto de no hacerle un gol a nadie -dijo y miró los ojos tristes de Pancho. Orlando tenía las pupilas grises como nubes de tormenta y la barba mal afeitada.
-Para eso está él -le contestó González y me señaló con la cabeza. Pancho era nuestro Pelé, un tipo capaz de arrancarle música a la pelota y si no hacía goles creo que era por temor a que después no le devolvieran la pelota.
-Usted es duro con la derecha, viejo -me dijo a mí-, pero desde mañana empieza a pegarle contra la pared hasta que se le ablande.

Desde entonces me tuvo un mes haciendo rebotar la pelota contra una pared con la pierna más torpe. Había colgado un neumático de coche a un metro del suelo y yo tenía que embocar en el agujero desde veinticinco metros de distancia. A cada rebote corría para recogerla al vuelo otra vez con el mismo pie y así me quedaba, horas y horas. Orlando el Sucio me vigilaba y de tanto en tanto se acercaba a invitarme con un caramelo y decirme que un goleador debe ser preciso como un relojero y ágil como una liebre.

Cuando vio que yo había afinado la puntería, llamó a González y nos reunió en un boliche de mala muerte donde el viento del desierto sacudía la puerta y entraba por las rendijas de las ventanas. Pedimos vino blanco y queso de las chacras y Orlando revolvió en los bolsillos hasta que encontró un frasco sin etiqueta y una libreta de apuntes. Echó la cabeza hacia atrás, se llenó la nariz con unas gotas amarillentas, respiró hondo con un gesto de disgusto y nos miró como a dos amigos de mucho tiempo.

-No quiero pudrirme en este lugar de mierda -dijo con voz desencantada-. Hay que rajar para Buenos Aires antes de que nos lleve el viento o nos agarre la fiebre amarilla.
González asintió con su cara dulce y se dio por aludido.
-Tengo que tirar más seguido al arco -se disculpó.
-No, usted va a hacer algo más útil. Mire.

Bebió un trago de vino que se le chorreó sobre la camisa, abrió la libreta llena de apuntes a lápiz y se puso a dibujar un arquero con trazo torpe. Lo hizo con gorra pero sin ojos ni nariz ni boca.

-Éste es su hombre en el córner -y buscó en otro bolsillo un pañuelo con un nudo-. Usted lo anula y él la manda adentro.

Me estaba señalando con el lápiz. Pancho González puso cara de sorpresa.

-En el área chica no se puede cargar al arquero.
-No, no se trata de eso, hay que darle un pinchazo, nada más.

Al principio no entendimos pero cuando desanudó el pañuelo vimos las espinas de cactus atadas con un hilo azul.

-Aquí, ¿ve? -señaló la silueta del arquero a la altura de las nalgas-. Se quedan duros como estarnas.

Sacó dos espinas, las miró al trasluz y nos alcanzó una a cada uno. González observó la suya con curiosidad y un poco de repugnancia, él, que siempre se marchaba del terreno felicitado por los adversarios.

-Yo no soy ningún criminal -dijo y tiró la espina sobre la mesa. En ese momento el viento hizo temblar las ventanas y los tres quedamos cubiertos de polvo.

Orlando el Sucio hizo una mueca de contrariedad o de desilusión y le puso una mano sobre el brazo: Vea, González, usted no le va a marcar un gol a nadie en toda su vida y yo necesito salir de aquí. Si usted no quiere hacerlo, puedo poner a otro. Piénselo. Uno no puede pasarse la existencia con la nariz seca y pagando mujeres en el prostíbulo. Yo tengo un contacto en Boca y si ganamos nos vamos los tres a Buenos Aires. ¿Ustedes ya conocen?

Los dos dijimos que no. Entonces me miró a mí, con sus ojos de tormenta y se tocó la nariz.

-¿Usted sangra fácil? -me preguntó.

Al principio no entendí pero más tarde tomé conciencia de que en esa mesa habíamos empezado a ganar la final que un mes después se jugó dos mil kilómetros más al sur, en Río Gallegos.

-Como todo el mundo -le contesté-. Si me dan un codazo...
-Justamente -dijo-, usted va a recibir un codazo y se va a quedar en el suelo, chorreando sangre. Sin hacer aspaviento, medio desmayado, ¿me sigue?
-La verdad, no.
-En el momento que yo le haga una seña desde el banco usted se pellizca la nariz hasta que sangre. Hay que hacerlo expulsar al cinco de ellos que es el que lleva la manija.

Después, en la pensión donde él vivía, Orlando el Sucio me revisó la nariz con una linterna, encontró la vena adecuada y me explicó cómo debía hacerlo. Detestaba ese lugar y si había venido desde Buenos Aires era porque necesitaba algún dinero y andaba detrás de alguien. Por las noches se sentaba solo en el bar mirando el fondo del vaso y dibujaba la silueta de una mujer en las servilletas. La madrugada antes de viajar a Río Gallegos lo encontré en el prostíbulo del pueblo. Estaba sentado en el sillón de la sala de espera de la gitana Natasha, diluido detrás de una lámpara, con el cigarillo entre los dedos y un paquete de masas sobre las rodillas apretadas. Al verme puso cara de reproche pero después me convidó con un caramelo de limón y señaló la puerta de la pieza con un gesto.

-¿Usted también cobró?

Le dije que sí.

-Un goleador tiene que cuidarse -dijo y volvió a señalar la puerta de la habitación-. Si usted aprende a pegarle con la derecha nos vamos a llenar de oro.
-Eso ya me lo dijo otro entrenador.

No me oyó. Metió la mano en un bolsillo perdido entre los pliegues de la cazadora y sacó una revista arrugada, abierta en la página donde había una foto de la calle Corrientes en el cruce del Obelisco.

-Mire -me dijo-, aquí tenemos que llegar nosotros. Yo tengo un amigo...
-En Boca -dije.
-Boca -sonrió-. Ése es el primer paso. Después Barcelona o Juventus. Pero para eso hay que manejar las dos piernas y acercarse a algún lugar civilizado donde nos puedan ver.
-¿Por qué odia tanto a este pueblo? -le pregunté.
-Algún día, cuando llegue aquí -señaló la foto de la revista-, se lo voy a contar.

La gitana Natasha abrió la puerta y lo vi darle un beso en la mejilla mientras dejaba el paquete de masas sobre la cama. Afuera el viento levantaba remolinos de arena y hacía rechinar los dientes de las mujeres que esperaban clientes en la puerta. Entré en lo de una flaca muy blanca, de piernas afeitadas, que hablaba todo el tiempo de unos inspectores de higiene que la perseguían y la extorsionaban. Mientras le pagaba vi, abajo del cenicero, la misma revista que tenía Orlando el Sucio, abierta en la misma página.

Al día siguiente salimos para Río Gallegos en un ómnibus al que hubo que empujar en los pantanos y en las subidas. En dos días llegamos a una ciudad cubierta de nieve y fuimos a jugar casi sin descansar, con un frío inolvidable. Pancho González se puso a pisar la pelota, a hacer amagues, a mover la cintura, a picar y a gambetear hasta que nos mareó a todos. El cinco de ellos no se me acercó demasiado pero igual yo protesté y me quejé varias veces para que el referí lo tuviera bien señalado. Cuando empezó el segundo tiempo pasé a su lado, me pellizqué la vena de la nariz y me tiré al suelo con la camisa bañada en sangre. El cinco se cansó de explicar que no me había hecho nada. Yo estaba allí en el piso, sangrando como un cordero degollado y a él lo expulsaron de la cancha por juego sucio. Orlando vino a ponerme una pomada para cicatrizar la herida y me dijo que así nunca iríamos al cielo pero que tal vez llegáramos a Chacarita y en una de ésas a Boca. Enseguida Pancho González hizo un gol de tiro libre y nos asombró a todos. Después fue goleada y todo anduvo bien hasta que en un córner se produjo un entrevero y González dejó la espina clavada en un brazo del arquero. El árbitro se enfureció pero como le discutíamos y alguien se atrevió a patearle los tobillos, suspendió el partido y llamó a los gendarmes para que pusieran orden.

Estuvimos tres días refugiados en un cuartel de bomberos y no hubo manera de salir por la carretera donde nos esperaban los hinchas de Río Gallegos. Al amanecer los gendarmes nos pusieron en un barco de carga y ésa fue la única vez que estuve en el mar. Viajamos dos semanas sin camarote, comiendo porquerías, hasta que nos arrojaron en un puerto miserable. Mucho tiempo después nos enteramos de que el partido había sido declarado nulo y que ese año no hubo campeón. Orlando el Sucio ya no estaba con nosotros.

Años más tarde, cuando yo era periodista en Buenos Aires, se apareció en la redacción, ya calvo, pero siempre lleno de bolsillos. Venía a publicitar un método infalible para ganar a la ruleta y me preguntó por qué me había frustrado como goleador.

-No sé, un día el arco se me hizo más chico -le dije.
-A veces pasa -me dijo, y me alcanzó una foto de cuando él era joven. Estaba con la camiseta de Independiente-. Tres cosas marcaron mi vida -explicó-. El día que se me achicó el arco, la noche que perdí cien mil pesos en el casino y la madrugada que se fue la mujer de la que estaba enamorado. Cuando nos conocimos en el sur yo estaba buscando a esa mujer y a alguien que hiciera los goles en mi lugar. Usted no pudo ser por aquel accidente, pero encontré a otro pibe en Mendoza y nos cansamos de ganar finales. ¿Sabe cómo volví a Buenos Aires? ¡Me trajeron en andas!
-¿Encontró a la mujer? -le pregunté. -No -dijo, y se le ensombreció la mirada-. Siempre hay que resignar algo en la vida. ¿Quiere que le diga una cosa? Usted tenía talento en el área. Es una lástima que haya terminado así, teniendo que escribir tonterías. Seguro que no aprendió a pegarle con la derecha.
-Al menos tengo suerte con las mujeres -mentí. Me miró con una mueca despectiva, sacó un par de caramelos de limón y me pasó uno.
-Ése es un buen consuelo -dijo, y me guiñó un ojo.


Fuente: http://descontexto.blogspot.com

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los videojuegos: La publicidad más sucia

Seguro que alguna vez miraron un anuncio publicitario y se han quedado sorprendidos, sea por su ataque directo a la competencia o por frivolizar con un tema serio. Las empresas de videojuegos, igual que las demás, no se quedan cortas en esto de repartir estopa, tanto que en muchas ocasiones ha tenido que ser prohibida o censurada.

Un determinado día una empresa decide hacer una gran presentación de su consola en una ciudad. Lo anuncia a bombo y platillo y, llegado el día, se encuentra con la ciudad llena de panfletos de la competencia, y un barco por el río con anuncios sonoros. Menuda faena, ¿no?

A este tipo de "juego sucio" me refiero. Hay empresas a las que todo les vale con llamar la atención, como tratar los temas más polémicos a la ligera o resaltar lo más controvertido de sus productos:

Una empresa que siempre se ha destacado por su agresividad publicitaria es Sega. En los años 90, en plena guerra de los 16 bits, difundía el siguiente anuncio:


"Genesis does what Nintendon´t" (Mega Drive hace lo que Nintendo no. Además mezcla la palabra Nintendo con "no"). Así de buen rollo, un ataque directo a otra empresa. Sega quería resaltar la calidad gráfica de sus últimos títulos, pero por desgracia con el tiempo Super Nintendo tendría juegos mucho más potentes gráficamente.

Seguimos con Sega. En este caso con una publicidad directamente desagradable. Seguramente después de esto, se pensaron más a qué agencia de publicidad dejarles la imagen de la compañía. Se trata de la publicidad de Game Gear:



Cuando Nintendo lanzó los Game Boys con carcasas de colores, pero con la misma pantalla de cuatro tonos de color, Sega intentó hundir el barco con anuncios que resaltaban ese defecto de la Game Boy, y la impresionante cantidad de colores de su Game Gear:


Pero no sólo vamos a sacarle trapos sucios a Sega. Nintendo no se salva en absoluto. Cuando se lanzó la N64, la empresa se "lució" con el siguiente anuncio:


"¿Platinum?, no gold". La referencia era a los juegos serie "platinium" de PSX (Playstation), pero la directora comercial de Sony España ironizó diciendo "Me ha encantado la publicidad de Nintendo, ¿no saben que el platino es más caro que el oro?". Además la serie platinium ofrecía grandes juegos a precio reducido.

Otro curioso anuncio de Sega, utilizando el recurso fácil de poner a una chica en bikini. El juego que se anuncia, se considera por muchos, el peor Sonic:


Sony también ha tenido sus polémicas con la publicidad. El siguiente anuncio tuvo que ser retirado al considerarlo racista:


Se anuncia la PSP blanca, y se ve a una chica blanca agarrando por el cuello a una chica negra. Curioso, pero ¿racista? Que cada uno juzgue por sí mismo.

Sony definitivamente metió la pata con la siguiente campaña publicitaria. En la presentación de God of War II decidió montar una fiesta medieval, con chicas semi-desnudas y una cabra decapitada. Evidentemente decenas de asociaciones en defensa de los animales protestaron enérgicamente ante esta lamentable campaña. La foto habla por sí sola:


Volvemos a Sega. En otro anuncio de Virtua fighter para la 32x parece que directamente buscaron polémica, sobre todo por el tema de los malos tratos a menores. El anuncio decía: "Los buenos padres son los que pegan a sus hijos". Desconozco si hubo versión en español de este anuncio, pero sin duda es polémico.


Saturn (Sega) tampoco se libró de anuncios polémicos. En éste no sólo te invitaba a pegarte sino que te dejaba en mal lugar. Al menos es un anuncio divertido:


Anuncio del Mega CD. Para anunciar "Virtua Cop" se dedicaron a frivolizar con la pena de muerte:


Y la cosa continúa. Pasabas página y te encontrabas el rostro de una señora mayor y la frase "No te mueras sin comprar tu Mega CD. ¿Alguien le encuentra la gracia?


Y seguimos con "Virtua Fighter" (se lucieron)


Otro gran problema que tuvo Sony fue con los suicidas. Resulta que no se les ocurrió otra cosa que poner en el metro carteles con la frase "salta". Algunos apuntando a las vías. Toda una invitación a los suicidas, que en ciudades como Bruselas se cuentan por miles:


Veamos un caso de publicidad y contra-publicidad. Sony anunciaba su PSX con el famoso "Abre tu mente al poder de Playstation" y entonces Nintendo, aprovechando que la SNES había sido elegida mejor consola del año 1995, le dejó esta perla:


Sin embargo, la siguiente consola de Nintendo no tuvo tanto éxito, y encima tardaba en llegar, porque Ninty intentó contener las ansias de sus fans con un anuncio, con el único objetivo de que no se pasasen a Sony y compraran PSX:

"No puedes comprar esto... espera por él" (lo que tú digas)


Pero sin duda, una de las mayores faenas la hizo Microsoft, en la presentación de PS3 (Playstation 3) en París. Sony tenía preparada una gran fiesta para su consola, y el mismo día de la celebración un enorme barco publicitario de XBOX 360 recorría el río Sena regalando camisetas y con publicidad a todo volumen. Un verdadero golpe bajo.

Fuente: www.dswii.es/9895/los-expedientes-x-de-los-videojuegos-la-publicidad-mas-sucia/

lunes, 24 de octubre de 2011

miércoles, 19 de octubre de 2011

Setenta balcones y ninguna flor (Baldomero Fernández Moreno)

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!


Fuente: www.poemas-del-alma.com

lunes, 10 de octubre de 2011

Memorias de un wing derecho (Roberto Fontanarrosa)

Este relato está incluido en el libro "El mundo ha vivido equivocado", editado en 1982 por Ediciones de la Flor S.R.L.

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me lo enseñó nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centro o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing "ventilador" o wing "mentiroso" o las pelotas. Arriba y contra la raya. Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la "holandesa" o la "brasileña" y otras estupideces.

¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me sacan de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como seis mil ochocientos. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien hago yo en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. Debe llevar más de doce mil goles. Por debajo de las patas... Y... ¡el tipo está ahí! Donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡pum!, adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es malo tampoco.

Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco. Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como doce mil goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace veinticinco años, veinticinco años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos encegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltado todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está esta cancha! ¡Qué lástima! Que poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.

Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro. ¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre veinte y veinticinco personas viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.

¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que me movía, dije: "Hoy vamos a andar bien".

Porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia, nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: "¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!". Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como treinta mil clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquel día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. "Tachola", me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manejaba a los de atrás era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.

No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. Tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las servía al nueve, al morochón. Porque es morochón; ahora se le despintó el lope, pero es morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el córner y se me vino. Íbamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! Habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la amasé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz la sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla che, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha vi que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: "¡Ah!". Y se la toqué. Lo mató el Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése!

Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como "pluic", "plinc", "clun" y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Ésa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. La única verdad. ¡Por favor!


Fuente: http://descontexto.blogspot.com


Dato: Eduardo Sacheri (escritor de la novela La pregunta de sus ojos, que más tarde fue adaptada al cine llamándose El secreto de sus ojos) se basará en este relato para realizar, junto a Juan José Campanella, una película llamada Metegol. Esta se proyectará en las vacaciones de invierno del año que viene.

lunes, 19 de septiembre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

Creatividad, Libertad y Autogestión - FLIA: Otra manera de ver el arte

Es la cuarta nota que publico en el diario La Gaceta (Círculo de la Prensa)

La F.L.I.A (Feria del Libro Independiente y Alternativa) tiene lugar en fábricas recuperadas, espacios y centros culturales alternativos, como las plazas, y está cargada de contenido social. Se gestó a partir de la unión de actores culturales independientes que, de inmediato, le dieron vida a una gran familia de escritores, autoeditores, poetas y artistas de toda raza que viajan de feria en feria presentando sus obras. Los encuentros se fueron repitiendo, y pronto se dispersó a otros horizontes, realizándose también en La Plata, F.L.I.A Oeste, Neuquén, Córdoba, Rosario e incluso en otros puntos de Latinoamérica como Bogotá, Santiago de Chile y Asunción.

El proyecto surgió en Buenos Aires en Marzo de 2006, como una "contraferia del libro", que todos los domingos se ubicaba frente a la puerta de la feria oficial en La Rural, vendiendo libros de unos 20 escritores.

¿Por qué la F.L.I.A nació como una contraferia? Porque es todo lo contrario a la popular Feria del Libro que se realiza todos los años. Por ejemplo, la F.L.I.A no utiliza sponsors para convencer a la gente que vaya, sino se utiliza el popular boca a boca; nunca se realiza en el mismo lugar (que, por cierto, siempre se lleva a cabo en lugares públicos); las editoriales, por ejemplo, no son tan reconocidas a nivel nacional e internacional (muchas veces la gente no compra libros por eso, aunque le guste el autor), al contrario de la Feria del Libro, donde siempre se destacan las reconocidas; el espíritu de trabajo es colectivo y horizontal, entre otras tantas cosas.

Los organizadores definen la experiencia como un "colectivo de colectivos" juntándose para reforzarse mutuamente, en vez de presentar sus producciones individualmente. Ésto sirve como disparador de una gran cantidad de nuevos emprendimientos editoriales y distribuidoras que se juntan para crear nuevos proyectos.

Conviven en cada evento stands de editoriales independientes venidas de todos los puntos cardinales con exhibiciones de pintura, fotografía, escultura, charlas, proyecciones y ropa de diseño independiente. Se pintan murales y se hace música en vivo, y el micrófono está siempre abierto para el recitado y la lectura. Además, el perfil único de la feria es, en gran parte, la clave de su éxito: los lectores tienen la oportunidad de encontrarse cara a cara con los escritores, separados apenas por el tablón en el que se exhiben las obras. Son gratuitas, no reciben publicidad de sectores públicos ni privados, no se cobran los puestos ni la entrada. Todos los gastos son cubiertos con las ganancias en la venta de bebidas, golosinas, comidas, y la organización es llevada adelante en su totalidad por los propios artistas, quienes se reúnen, en forma regular, en asambleas abiertas, horizontales y participativas.

Por estas y por varias cosas más, todo el espíritu de la F.L.I.A puede resumirse en tres palabras: Creatividad, Libertad y Autogestión.


Les dejo un video (de una de las tantas F.L.I.A que se hicieron) para que vean como es este evento



Fuente: http://circulodelaprensa.com.ar/gaceta/

martes, 13 de septiembre de 2011

¿Sabías el origen de la canción Libre de Nino Bravo?

La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el Muro de Berlín.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.

Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.

Pero ambos lados tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.

Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.

(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).

Cuando por fín se acercaron los soldados de la RDA (República Democrática Alemana) y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡Asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes de Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada por ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.

Si ahora escuchamos la canción, entenderemos perfectamente la letra:

TIENE CASI VEINTE AÑOS y ya está
cansado de soñar;
pero TRAS LA FRONTERA está su hogar,
su mundo y SU CIUDAD.
Piensa que la ALAMBRADA sólo
es un trozo de metal
algo que nunca puede detener
sus ansias de volar.


Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI
PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.


Con su amor por bandera se marchó
cantando una canción;
marchaba tan feliz que NO ESCUCHÓ
LA VOZ QUE LE LLAMÓ.
Y TENDIDO EN EL SUELO SE QUEDÓ,
SONRIENDO Y SIN HABLAR;
SOBRE SU PECHO, FLORES CARMESÍ
BROTABAN SIN CESAR

La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechner, se levantó en 1990 un monumento. Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechner. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?

La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años....

De yapa, les dejo la canción interpretada por la maravillosa voz de Nino Bravo


domingo, 28 de agosto de 2011

martes, 23 de agosto de 2011

Primeros amores (Osvaldo Soriano)

Este relato está incluido en el libro "Cuentos de los años felices", editado en 1993 por la Editorial Sudamericana.

Siempre que voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando todavía no soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera novia y mi primer gol. Mi primera novia era una chica de pelo muy negro, tímida, que ahora estará casada y tendrá hijos en edad de rocanrol. Fue con ella que hice por primera vez el amor, un lunes de 1958, a la hora de la siesta, en una fila de butacas rotas de un cine vacío.

Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista. Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina.

No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda.

Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas hechas por los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta.

Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos. Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen, que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La Pampa.

Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto estusiasmo que, como al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que arriesgaban la vida por una expulsión.

Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita.

Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo. Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy, todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el mío no habría tenido la gloria que tiene.

Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club independiente, fue porque estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable.

Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado, ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia.

Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo.

Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre.

El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté.

Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo.


Fuente: www.cuentosimperdibles.wordpress.com