sábado, 26 de junio de 2010

Un argentino en Vietnam (Ignacio Ezcurra)

Este artículo (crónica) en el que el corresponsal relata el viaje y la llegada a Saigón sólo se publicará después de su muerte (diario La Nación)

De Saigón a A Shau

NEGRO, gris y rojo es el vuelo de San Francisco a Saigón. Como se viaja en la misma dirección que el sol, lo encierra a uno una noche irreal, interminable, de más de 20 horas. Pero el tono gris se lo da el destino. Aunque varias líneas regulares cubren esa ruta con frecuencia diaria, a los pasajeros se los anuncia y despide con tono de circunstancias. Más de la mitad son soldados, ya que los Estados Unidos envían sus hombres al frente en vuelos comerciales. Los despiden novias y madres. Blancas y negras lloran, pero sin ruido. Como reacción, minutos después en el avión, abundan los gritos, risas y anécdotas escandalosas. En la primera escala, Honolulú, bajan parejas de recién casados y se suman más soldados, nativos, de cara oscura. Los despiden caravanas interminables de parientes, que los abrazan, les cuelgan collares de leis al cuello y los bañan en lágrimas. Al volar sobre la isla de Wake, punto que señala la línea internacional del tiempo, el almanaque nos hace una trampa, y se pierde un día.
En Guam, última escala antes de Saigón, los que descienden parecen avergonzados, y lo hacen con apuro y sin mirar a los costados. Al levantar vuelo nos alcanza la luz y explota en el aire el transparente azul del Pacífico y el verde cargado de la vegetación de la isla, marco de algunas de las más sangrientas batallas de la Segunda Guerra Mundial.
De allí en adelante las caras se estiran, serias, por la ventanilla, tratando de adivinar la costa baja de Vietnam. Un matrimonio de edad, que va a visitar a su hijo soldado, me pregunta si lo encontrará bien. "Por supuesto, señora". En la distancia finalmente se dibuja un perfil de sombra.
El avión asciende a 12.000 metros. "Hay que impidir que nos alcancen los cañones comunistas", dice la azafata, con la misma cara sonriente con que había anunciado el cóctel. Y ya volando sobre los arrozales cuajados de cráteres rojos y grises, se desploma en el interior del avión el fantasma de la guerra. Los soldados, estirados en sus asientos, hacen como que dormitan, mientras piensan o recuerdan.
De pronto el avión inclina la naríz e inicia un vertiginoso descenso en busca del aeropuerto. Ya volamos sobre Saigón. Rodean la ciudad fuertes de forma triangular, y se ven muchas casas quemadas recientemente. Pocos minutos después carreteamos por el aeropuerto de Tan-Son-Nhut. Como también es base aérea militar está rodeado de barricadas de arena, alambradas de púas y erizada de ametralladoras. Nuestro avión rueda entre filas de cazas a reacción, resguardado cada uno dentro de un cerco contra bombas, y cantidad de helicópteros. En la escalerilla nos detiene la explosión próxima de un cañón. La azafata, siempre sonriente, lo explica. "No se preocupen, es la guerra".

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